Hombre león

«Un día de abril de 2013 visito el Museo Británico de Londres, donde tienen una réplica del Hombre León expuesta por un tiempo. Estar ahí contemplando la estatuilla y la mirada de esa cabeza de marfil supone para mi un momento extraordinario.
Me esta mirando, pienso. Y yo lo estoy mirando a él.
Sin saber de donde ha surgido la idea, de repente es como si lo reconociera.»

Son palabras de Henning Mankell, cerrando el capitulo 10 -El hombre león- en Arenas movedizas (Tusquets Ed. Buenos Aires, 2015), su ultimo libro y relato en parte de su lucha contra el cáncer.

Fue grande mi sorpresa encontrar estas paginas luego de mi propia experiencia en el mismo Museo Británico.
Me esta leyendo, pienso. Y yo lo estoy leyendo a él.
Sin saber de donde ha surgido la idea, de repente es como si lo reconociera.

Casa de musas

La ontogenia recapitula la filogenia
Pablo Durán

«El calentamiento del Guayacan bebido
por largo tiempo cura la llaga
de los pulmones, mejor que otro remedio
alguno». Pedro de Montenegro.
Materia Medica Misionera. 1710
Listar, clasificar, coleccionar. ¡Cuánto tiempo y esfuerzo, pero también cuánta riqueza encierran! Ya sea como individuos o como sociedad, tanto en el orden cotidiano como en el desarrollo técnico y científico, es casi imposible que alguien pueda escaparles. ¿O acaso, cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente no va por la vida intentando ubicar cosas, personas y aun ubicarse en una lista o una clasificación?

Desde tornillos, seres vivos, caracteres y hasta los días. Para todos ellos y más, existen listas y clasificaciones que podrían llegar a ser interminables. Fisher, Parker, artrópodos, paseriformes, neuróticos, nublados o feriados. Y hasta en forma combinada podríamos tener las combinaciones de ellos como por ejemplo indígena-caníbal-Viernes.
La lista de las compras o de las cosas a llevar de viaje; la de tareas del día; el ordenamiento de cubos a cilindros de menor a mayor que hace un niño. De simples listas a niveles más complejos, que puede estar en los mecanismos o en la clasificación que sustenta el ordenamiento.

Ordenar cubos o cilindros de menor a mayor, coleccionar estampillas, insectos o postales. Recuerdo mis cajas de cartón que con cuidado revestía con fieltro de colores (generalmente verde o azul) en las que exhibía mis apreciadas colecciones de caracoles, piedras con impregnaciones vegetales, vertebras de diferentes especies animales. Perfectamente listadas, clasificadas y expuestas.
Naturaleza, cultura, vida humana y social estaban allí plasmadas, como trofeos inertes en apariencia. Sin vida desde un sentido estricto, pero condensando años y hasta siglos. No porque se tratara de piezas preciadas, de verdaderas antigüedades, sino por lo que subyace en las clasificaciones y colecciones, cualquiera sea. Lo que hay detrás de ellas no es solo tiempo, que pueda medirse mediante técnicas de datación a partir de Carbono radioactivo.

Hace unos días tuve el placer de recorrer el Museo Británico. No sé por qué extraña razón pero fue la sala 1 la última en la que ingresé. Es la sala destinada al periodo, o más bien al espíritu de La Ilustración. Estantes, del piso al techo, que en su momento pertenecieron al Rey Jorge III, aunque sus libros ya no están allí sino en la Biblioteca Británica en St Pancras, rodean el largo salón rectangular. Actualmente los estantes están repletos de objetos, libros o artefactos de lo más variados. Pero el resumen de la sala, en definitiva del periodo y de su espíritu se encuentran en el centro. Dieciséis vitrinas en torno a siete ejes temáticos: 1) el mundo natural; 2) el nacimiento de la arqueología; 3) arte y civilización; 4) clasificando el mundo.; 5) escrituras antiguas; 6) elementos religiosos y rituales; 7) viajeros y exploradores.
Fósiles con sellos vegetales o animales, monedas o artefactos de épocas antiguas, prendedores, aros o elementos decorativos de civilizaciones antiguas, láminas clasificatorios de especies varias a partir de los trabajos de Linneo, (jeroglíficos o escritos en sanscrito o cuneiforme. No es tanto el contenido en sí mismo; no es relevante el sistema de clasificación sexual de las flores de Linneo, una moneda o un brazalete provenientes del imperio Romano.

Un museo dentro de un museo; muestras pequeñas de mucho que se encontraba en otras salas. La diferencia en este caso es la lógica. No era La Civilización X o el Periodo Y la que subyace en esta sala.
Es la luz de la razón o la razón que ilumina nuestras vidas; aquella que ha permitido buscar, explorar, descubrir, clasificar. La que ordena y ubica y da sustento a tal o cual clasificación. “Un tiempo en el que la gente, incluyendo a los coleccionistas que crearon el Museo Británico, utilizaron la razón y la observación de primera mano del mundo a su alrededor para entenderlo de nuevas formas”, según explica el folleto descriptivo de la sala.
La razón humana dando luz, orden, limites. Pero al mismo tiempo nuevas formas de entender al mundo.
Luz que permitió abrir los ojos e iniciar un camino que dejara atrás la superstición, la ignorancia y hasta la tiranía, desembocando en el reconocimiento de las libertades (aunque no siempre ha sido así).
Luz y razón que se posaron sobre la sociedad, la economía y la política, así como en la estética.

La belleza de una ilustración de Georg Dyonysius Ehret, quien colaboró con Linneo en plasmar imágenes de floras de todo el mundo, nos inhibe claramente de poner un límite entre ciencia y arte. Valor científico, estético y en algunos casos hasta social (así podríamos considerar a las ilustraciones publicaciones del tipo “Materia Medica Misionera, de Pedro de Montenegro, que aunque algo posterior en el tiempo, plasma el espíritu explorador, la estética y el lugar social por su contribución a la farmacopea.
Puede ser difícil, aunque excedería en profundidad a estas líneas, pensar que existe un límite entre lo artístico y lo científico, así como con cualquier otro recorte de la realidad.

”Las transiciones entre el arte y la esfera extra artística e incluso la extra estética, son tan poco claras y su averiguación es tan compleja que una demarcación precisa es ilusoria” (Mukarovsky J. Función, norma y valor estéticos como hechos sociales. El cuenco de Plata Ed. Buenos Aires, 2011)

¿Pero sí es más claro el límite en las clasificaciones? Obviamente no sería el caso entre artrópodos o mamíferos. O sí, dependiendo del criterio que utilicemos para la clasificación. En algún caso podrían diferir desde un criterio y ser próximos por otro.
¿Sobre qué criterios sustentamos los limites que demarcan las clasificaciones? A simple vista las clasificaciones se presentan claras en su demarcación, pero muchas veces antojadizas o al menos con ciertas ambigüedades.
Ambigüedades, redundancias y deficiencias que Borges, al referirse a John Wilkins y sus proyectos, le recuerdan a las que el doctor Franz Kuhn atribuye a una enciclopedia que divide a los animales en: “a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”. (Borges JL. El Idioma analítico de John Wilkins. Otras inquisiciones. Obras Completas. Emece. Buenos Aires, 2006)

Durante mi preparación para el ingreso a la universidad, hubo una frase que me impactó y me quedó grabada:” La ontogenia recapitula la filogenia”. Núcleo de la teoría de la recapitulación. Si bien las postulaciones iniciales corresponden al periodo de la Ilustración, con John Hunter y Carl Friedrich Kielmeyer, su formulación y sistematización se dio con Ernst Haeckel en el Siglo XIX. Pero esto no es lo importante. Lo central es que lo que plantea la teoría es que la ontogenia, o el desarrollo de los individuos orgánicos, es una breve y rápida recapitulación de la filogenia, o el desarrollo del grupo orgánico (phylum) al que pertenece. Claro que la teoría ha quedado superada, pero no deja de tener aristas interesantes.
Somos parte del universo, y somos parte de un reino, un phylum, una clase, un orden, una familia, genero y especie. Categorías taxonómicas planteadas por Linneo, que si bien se ha mejorado en su definición, nos permiten ubicarnos y ubicar otros seres en ellas. Pero el universo también se resignifica en nosotros.

Entonces, volví a pensar en la Sala 1 del museo Británico, en sus ejes temáticos centrales, en que los limites son muchas veces arbitrarios y en que la ontogenia recapitula la filogenia. Y el límite entre mi historia y el museo no pareció tan lejano o arbitrario. ¿Será que en nuestro recorrido intentamos recapitular el camino de la humanidad? ¿Y si en parte construimos en nuestro andar una colección de objetos e iconos vinculados a la vida cotidiana, al trabajo; belleza; preparación para la muerte y tránsito hacia otros mundos? Recapitulando vasijas, instrumentos para la agricultura, la caza, la exploración; combates, guerras y conquistas; elementos de belleza como el brazalete del Imperio Romano; preparación para la muerte, entre ídolos y ofrendas, o sarcófagos o urnas para el tránsito hacia otros mundos que la humanidad ha acumulado y los representantes de la Ilustración han clasificado y conservado en museos.

Creo que podemos ser museo, casa de Musas; y recorrernos y encontrarnos con utensilios antiguos, herramientas para la vida, ídolos y dioses, rituales, y también ámbitos de encuentro social y hasta de preparación para el tránsito hacia otro mundo. Tal vez con clasificaciones no tan rígidas, más arbitrarias.

Refugiados

Refugiado es la palabra del año 2015 para la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia EFE y BBVA.

A diferencia de palabras como escrache o selfi, elegidas en años anteriores, refugiado no es una palabra que resalte por su novedad desde el punto de vista del lenguaje. Por el contrario en los últimos años y particularmente en el presente año, la palabra ha tenido importantes y dramáticas connotaciones. La elección según la Fundación, se basó en “ha marcado de forma decisiva la actualidad informativa del año que termina”.

«En la Fundación creemos, por tanto, que refugiado cumple las condiciones que le pedimos a la palabra del año: que haya estado en las noticias y en las conversaciones en el 2015, que tenga además un cierto interés desde el punto de vista lingüístico y que sea un término común a todo el ámbito hispanohablante, no propio solo de un país o región. Que sea un término nuevo o no, no resulta relevante para nuestra decisión», explica el director general de Fundéu BBVA, Joaquín Muller.

Mas allá de las razones periodísticas y lingüísticas, claramente ha sido un tema central desde el punto de vista humanitario que aun duele.

Ver mas; http://www.fundeu.es/recomendacion/refugiado-palabra-del-ano-2015-para-la-fundeu-bbva/

Agua en Marte

Afortunadamente habría agua en Marte

Eso parece desprenderse del artículo publicado en Nature Geoscience, que generó gran sensación hace algunas semanas.Hechos encadenados – la posible existencia de agua que sustentaría la posibilidad de existencia de vida que a su vez permitiría conocer y adentrarnos en otros mundos fuera de nuestra tierra- renuevan nuestro lugar frente al misterio.

Leo la nota desde este balcón, de cara al rio que se hace cielo, y la imaginación empieza a volar. Mundos exteriores y lejanos que llaman a maravillarse, a soñar. Cierro los ojos y despego suavemente. Más liviano, despegado de todo contacto, liberado de la gravedad que me sostenía allí abajo. Y la luz se va apagando, como los sonidos. Silencio cerrado, oscuridad, atravesada solo destellos; luces u objetos luminosos que pasan lento, flotan, giran y regresan. Trozos de mundos inconclusos, o de otros que se apagan. Imagino que en algún punto, más lejano o más cercano, pueda haber un rio como aquel frente a mi balcón, o un lago o un mar como los conocidos de ese lado del universo. Y donde alguien como yo, ahora puede estar pensándonos de la misma forma. Agua, vida, misterio. Que existe, se busca, se contempla.

Agua, de aquel rio allí abajo que se hace uno con el cielo, o posiblemente de aquí en este mundo exterior. Similares. Más que simples átomos y moléculas ¿Y la vida; de qué hablamos cuando hablamos de vida; y de vida en el Universo?, ¿que la define? ¿Existe un gradiente?

De la imagen borrosa en un cielo lejano, de brillos de bordes esfumados, a definir vida, existe una distancia de tal vez millones de años luz. Del misterio contemplado, del agua recreada a la distancia, a la existencia concreta, un abismo. Moléculas, la capacidad de sintetizar formas y compuestos orgánicos complejos a partir de otros más simples, la disponibilidad de información genética que conforma y se transmite de una generación a otra, la capacidad de producción de dióxido de carbono como resultado de procesos de respiración, signos bioquímicos de vida, la capacidad e evolucionar en términos Darwinianos? Algo de todo, o todo, o un rutinario despertar y andar.

“Solo cuando podamos comparar vida extraterrestre con la vida en nuestro planeta, podremos entender la naturaleza de esta cosa ubicua y efímera” (Carol Cleland; filosofa, Universidad de Colorado y NASA). “Solo cuando cambiemos la forma de pensar acerca de la vida, es que comenzara el verdadero estudio de ella”.

Gradiente y contraste. ¿Hay medida de vida: más o menos, de más o menos valor? ¿Ubicua y efímera? Moléculas, células, conductas o compartimientos. ¿O un continuo?

Lo externo y lejano; un mundo exterior que cobra sentido siendo el Otro, el que se presenta cuestionando a este del más aquí, ése junto al rio que se hace cielo.

¿Cómo conquistar el mundo exterior sin reconocer, sin terminar de adentrarse en el interior? Contraste y gradiente; tiempo y espacio. Mundos que se hacen en el interior. Universo que estalla en un pequeño interior.

Aquí quieto, en este balcón, de cara al rio que se hace cielo, cierro los ojos y me adentro. Más liviano, despegado de todo contacto, liberado de la gravedad que me sostenía allí abajo. Y la luz se va apagando, como los sonidos. Silencio cerrado, oscuridad, atravesada solo imágenes, destellos; luces u objetos que pasan lento, flotan, giran y regresan. Trozos de mundos inconclusos, o de otros que se apagan. Imagino que en algún punto, más lejano o más cercano, pueda haber un rio como aquel frente a mi balcón, o un lago o un mar como los conocidos de ese lado del universo.

Construyo mundos vastos, universos desde este singular instante, desde este espacio mínimo, este mundo interior..

Arropado de intemperie,

y una canción de cuna

interrumpida por temores.

Transito,

del centro a los suburbios,

de la ciudad a los confines.

Las luces se dispersan

y el empedrado

se hace tierra.

Salir, un adentrarse

en noche cerrada.

Pablo Duran
Mutismo de la Roca

“Si el pintor quiere ver bellezas que lo enamoren, él es dueño de engendrarlas, y si quiere ver cosas monstruosas que asusten, o que sean cómicas y risibles, o que inspiren verdaderamente compasión, el es también señor y Dios [de ellas]. Y si quiere engendrar sitios y desiertos, bosques asombrosos u oscuros para los tiempos cálidos, el los representa, y lo mismo hace con lugares cálidos en los tiempos fríos. Si quiere valles, si quiere desde las altas cumbres de los montes descubrir una gran extensión de campo, y si quiere más allá de aquellas ver el horizonte del mar el también es dueño y señor, lo mismo que si quiere ver desde los valles bajos los montes altos, o desde los montes altos los valles bajos y las playas. Y en efecto, lo que existe en el universo por esencia, presencia o imaginación, el pintor lo tiene primero en la mente y luego en las manos; y estas son de tal excelencia que en poco tiempo engendran una armonía proporcionada para una sola mirada, tal como hacen las cosas”

¿Y si no es el pintor sino el poeta, o el músico?, ¿Y si es el niño que juega solo en su cuarto, imaginando lo que vendrá, o la anciana, recordando (¿imaginando?) lo que fue?, ¿Y si soy yo en este momento?

Mundos exteriores e interiores; lejanos y cercanos a la vez; complementarios. Y así, estoy presente en este instante, en este momento, en este mundo interior, que me

hace universal y eterno. Ahora, regresando, como cada tarde, a ese mundo interior del que salí, que nutre, crea, cobija, da tibieza, proximidad, reposo.

Salir y regresar, atravesando el limite, la frontera, la separación, que permiten el dialogo entre esos mundos, las que permiten vernos, reflejados o no. Desde un mundo interior que permite crear mundos, salir a conquistarlos y habitarlos, sabiendo que por la tarde regresare a descansar, a ese balcón, al cuarto. Lugar de silencio, de recogimiento. 

¿Qué ostenta mas realidad: la vida, el mundo exterior, el interior, reflexionar desde un escritorio, transitar mundos palpables? ¿Cómo serlo, cómo explorar la superficie de marte y descubrir si hay agua o vida, sin poesía, sin gradiente o contraste, sin transitar oscuridades?

PD:¿ Y la violencia, la muerte, también surgen de mundos interiores? Será para otro momento

Lugares, historias

¿Será que los lugares son diferentes, se nos presentan diferentes o somos nosotros los diferentes?
Me tocó trabajar y recorrer la isla de Santa Lucia y encontrarme con un Caribe diferente. Encontré sí el Caribe de aguas turquesa, arena fina, palmeras y amaneceres y atardeceres maravillosos.

Pero también pude ver su interior, su corazón. Y recorrer caminos, selva, cerros. Selva que avanza y devora ruta, casas, y hasta a si misma. Generosa y voraz al mismo tiempo pero que también habla de vida, de crecimiento, de desarrollo, de vitalidad.
Y hasta volcanes humeantes con baños de azufre
De construcciones estilo Francés, ciudades y calles de nombre Francés, de idioma Ingles y Creole. De Reggae sonando en taxis o en la calle.
 Y también de sencillez y necesidad
Cuidando de sus mujeres …
Y a sus niños, a no temer ni sentirse solos, porque no lo están!


Más allá de los bordes

Más allá de los bordes
Como surco,
desgarro de arado atardecido,
abrazo de llovizna, lágrima y semilla.
Tajos que unen
orillas distantes,
lecho profundo,
germen renovado,
y el mismo.
Dioses de un dios,
brotes del mismo tallo,
ponientes del mismo amanecer
Pablo Duran
Mutismo de la Roca
La idea de borde puede remitir a imágenes como extremo u orilla.
Y podremos pensar en una piscina; en una playa, borde entre arena y mar; en un acantilado. Puede ser lo extremo, o el comienzo o fin de algo; un límite, como en ingles se define frontera – “border”-. Límite entre el aquí y el más allá, entre lo normal y lo otro.
Puede también contener un surco en la tierra y hablar de lo fecundo. O bien puede remitir a corte, incisión o tajo; puerta de entrada que permita husmear en interiores; abertura desde donde asoma o simplemente brota aquello que puja que salir.Exploración diagnóstica o terapéutica.
Pueden ser bordes definidos, precisos, regulares, si algún instrumento específico intervino en su origen. Pero también pueden ser desgarros que abren ese interior y lo exponen, con menos suavidad en sus bordes, con más crudeza.
El pensar y la creación artística han sido muchas veces vistas como tajos. Es por allí por donde fluye el pensar, el sentir y vibrar, por donde sangra la vida. Una válvula de escape para el pensador, para el autor. Y también para el mundo.
Creer, sentir, vibrar; que necesita de lo material, de lo corporal, para desde allí dar el salto.Mezcla extraña, por la que creemos y creamos, somos salvados, rescatados, curados, en el cuerpo y desde el cuerpo.
“¿Y si el cuerpo no fuese el alma, que sería el alma?(1) Escribía Walt Whitman, “no tengáis miedo de mi cuerpo” (2).
Haré los poemas de la materia, porque creo que habrán de ser, los poemas más espirituales
haré los poemas de mi cuerpo y de la mortalidad,
Porque creo que entonces me proveeré de los poemas de mi alma y de la inmortalidad (3).
Whitman es un autor corporal; el cuerpo está fuerte y crudamente presente en su obra.No sólo por las expresiones y descripciones que utiliza, sino también por su profundidad.
Porque ha visto lo más duro, lo más absurdo de la guerra, manifestado en las heridas de quienes buscaba aliviar. Pero seguramente más que eso, por el conocimiento que alcanzó de sí mismo:
“Tierra, imagen mía,
Aunque pareces tan impasible, amplia y esférica
Sospecho ahora que eso no es todo
Sospecho ahora que hay algo en ti cruel, susceptible de estallar.” (4)
A juzgar por sus versos parecería haber experimentado la quietud, la relativa calma externa, con la fuerza interna que puja por salir.
“Oh flores de mi sangre! Os permito hablar a vuestro modo del corazón que está debajo de vosotras mismas
Oh, yo no sé qué queréis decir allí debajo de vosotras mismas, no sois la felicidad
Sois demasiado amargas, me quemáis y me atormentáis” (5)
Y eso que quema y arde según Whitman, puede fluir en arte, en verso, música, plástica…
Recientemente tuve el placer de recorrer la muestra de Adriana Varejao”Historias en los márgenes”, en el Malba: http://malba.org.ar/web/exposicion.php?id=141&subseccion=actuales.
Muchas de sus obras expresan un sentir similar al de Whitman, y aún más. Hay en Varejao una suerte de metafluir. Sus obras se abren como la erupción del arte, mostrando a través de incisiones, lenguas, colgajos, la obra interna o el interior de la obra, que busca fluir y salir.
Superficies, continuidades que se interrumpen, dejando la obra en carne viva.
Tajos que permiten ver hacia adentro de la obra, así como también dejar salir lo que estaba comprimido, contenido.
Si nuestra carne se abre espontanea, si estalla por la presión de lo que debe fluir, seguro que es doloroso y con desgarro. Dolor que se transforma en alivio al abrirse y drenar, y que termina siendo un camino a la curación.
Los bordes y tajos en las obras de Varejao impresionan de ese modo. Similar “relativa calma externa, con la fuerza interna que puja por salir” de la que hablaba Whitman.
Sus obras muestran diferentes tajos y bordes, que pueden tener orígenes o propósitos diversos. Desde aperturas espontáneas, como resultado de pulsiones internas, escisiones de bordes variados y lenguas o colgajos que dejan ver la carne fresca que palpita en el interior. Hay tajos terapéuticos, que dan como resultado la “Extirpación del diablo por incisión”; aunque no faltan otros tratamientos para extirpar el diablo -como la revulsión y la sobredosis- en sus obras. 
 
 
Adriana Varejão
Extirpação do Mal por Incisura, 1994
Óleo sobre tela e objetos
265 x 320 x 180 cm
Y finalmente la función exploratoria y diagnóstica de abrir tajos e incisiones, como es el caso de la exploración laparoscópica. Ese mundo interno, esa carne fresca, que busca salir de algún modo.
 
El arte nos permite eso, unir cuerpo y alma, y hacerlo tangible en formas, palabras, obras. Dejar fluir, exponer, extirpar demonios, curar, sanar o, en el peor de los casos, al menos aliviar.
Adriana Varejão
Azulejaria verde em carne viva, 2000
Óleo sobre tela e poliuretano em suporte de alumínio e madeira
220 x 270 x 90 cm
 
En este tiempo de lo virtual, de lo acelerado, donde a veces el cuerpo no está tan presente o donde puede ser modificado con un simple “photoshop”, lo que subyace y busca estallar como planteaba Whitman, puede llevar a decir a un adolescente “me agarró la tristeza un montón de veces… y muchas veces me corté”, o “me corté…  para liberarme de mi cuerpo ..”,. Algún adolescente ha dicho ante esas situaciones “Es una forma de huir de mis fantasmas y de mis sentimientos a través del dolor, escapo así de tanto dolor. Es simplemente una forma de desahogarse, 
Esos también son bordes, tanto los que causan esos tajos, como los que esos mismos tajos dejan.de gritar en silencio…»
 
 

Adriana Varejão
Tongue with winding pattern, 1998
oil on canvas and polyurethane on aluminum and wood support , 200 x 170 x 57 cm
 
¿Por cuántos y cuántas estamos habitados, casi siempre sin saberlo, sin ser conscientes?, Dioses y demonios, ángeles y condenados, hombres y mujeres comunes y hasta personajes etéreos; todos ellos y más nos habitan.
Y aceptarnos, ¿es aceptar a quién, a cuál de todos ellos? Seguramente alguno será el que prevalece, el que nos animamos a mostrar, a sacar a pasear. De vez en cuando convendrá que momentáneamente alguno tome la delantera y sea el que dejamos ver porque conviene para ese momento o circunstancia particular. Pero también habrá alguno o algunos de nuestros habitantes que preferimos esconder, ocultar, que nos avergüenza.
Podrá estar bajo llaves, cerraduras y guardias. Podremos tenerlo adormecido, encerrado, pero ¿será posible algún día extirparlo?
Tal vez no; pero tal vez  sea posible hacer algo con ello, con aquellos que nos habitan. Disfrazarlos, vestirlos; hacerlos poema, canción, obra.
Whitman se pregunta: ¡Oh mi yo! La pregunta triste que vuelve  -¿Qué de bueno hay en medio de estas cosas, oh mi yo, mi vida? (6)
Y dá como respuesta:
“Que estas aquí – que existen la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama, y que puedes contribuir con un verso”6


1. Whitman, Walt (2004). “Yo canto el cuerpo eléctrico”. Hojas de hierba, 178. Buenos Aires, Argentina. Ed. Colihue.
2. Whitman, Walt (2004). “Como Adán al amanecer”. Hojas de hierba, 199. Buenos Aires, Argentina. Ed. Colihue.
3. Whitman, Walt (2004). “Al partir de Paumanok(6)”. Hojas de hierba, 87. Buenos Aires, Argentina. Ed. Colihue.
4Whitman, Walt (2004). “Tierra, Imagen mía”. Hojas de hierba, 220. Buenos Aires, Argentina. Ed. Colihue.
5. Whitman, Walt (2004). “Herbaje perfumado de mi pecho”. Hojas de hierba, 201. Buenos Aires, Argentina. Ed. Colihue.
6. Whitman, Walt (2004). “¡Oh, mi yo! ¡Oh, vida!”. Hojas de hierba, 386. Buenos Aires, Argentina. Ed. Colihue.

El mejor de los mundos posibles

Acercándose al puerto de Lisboa, el barco que llevaba a Cándido, al doctor Pangloss, y al anabatista Jacobo se estremeció en medio de la tempestad. Sólo el doctor, Cándido y un marinero ventajista lograron salvarse, luego que el barco se hundiera. Sin embargo, al llegar a las playas de Lisboa, llorando la muerte de su amigo y bienhechor Jacobo, la tierra tembló bajo sus pies. “Sienten que la tierra tiembla bajo sus pies, que hay marejada en el puerto y el mar rompe los navíos anclados. Las calles y plazas públicas se cubren de remolinos de llamas y cenizas; las casas se desploman, los tejados se hunden y los cimientos se dispersan; treinta mil habitantes de cualquier edad y sexo son aplastados bajo las ruinas. Según silbaba y juraba, el marinero decía:
-Algún beneficio sacaré de aquí.
-¿Cuál puede ser la razón suficiente de ese fenómeno? -decía Pangloss.
-¡Esto es el fin del mundo! -exclamaba Cándido.”
Tal es la descripción de Voltaire del terremoto que azotó Lisboa en el año 1755, en la mañana del día de Todos los Santos. El terremoto, que dejó alrededor de 100.000 personas muertas, tuvo su epicentro en Lisboa (con una población de algo menos de 300.000 habitantes en ese entonces). El temblor, de intensidad estimada en 9 puntos de la escala de Richter, se hizo sentir en el resto de Europa y Norte de África. Pero tal vez igual o mayor fue su impacto en el pensamiento de la época. El hecho significó un quiebre en el pensamiento del momento, al favorecer el cuestionamiento acerca de la idea, sostenida por pensadores como  Gottfried Wilhelm Leibniz o Alexander Pope, de que «éste es el mejor de los mundos posibles». La arbitrariedad en la vida y la naturaleza, el planteo, en el marco de la Ilustración europea, de cómo Dios podría permitir semejante catástrofe. Implicó así otro temblor, el intelectual.
Voltaire plasmó tales cuestionamientos en su novela Cándido, un joven lleno de ilusiones y buenas intenciones, que sostuvo su inocencia, candidez y optimismo acerca de la vida, en medio de múltiples catástrofes.
Sólo en el presente siglo, en Indonesia, Haití, Chile, Japón, se han registrado terremotos de magnitud similar al de Lisboa de 1755. En el caso de Japón, la catástrofe natural se vio agravada por el daño sufrido por varias centrales nucleares.
Desde el punto de vista de la magnitud y el número de victimas, estos terremotos no fueron muy diferentes al ocurrido en Lisboa en 1755. Seguramente tampoco fueron diferentes la desolación, el dolor, la sensación de fin y finitud. Sin embargo son extremadamente diferentes desde otros puntos de vista.
Las imágenes de los terremotos del siglo XXI han llegado casi inmediatamente a todo el mundo. Todos hemos sido testigos. Pero casi no fuimos “tocados” por ellos, más allá de sus víctimas directas. Nuestra imagen sobre el mundo, sobre la vida, sobre la finitud, casi no tembló. Como igualmente poco tiembla ante otros hechos medidos en escalas diferentes a la de Richter.
¿Será porque no hay escala para medirlo, será porque nuestro umbral se ha elevado, o bien porque no interesa tanto, mientras nos ocupamos de otros temas?
Hacia el final de la novela, Voltaire relata como el filósofo Pangloss, intentaba “razonar un poco sobre los efectos y las causas, sobre el mejor de los mundos posibles, sobre el origen del mal, la naturaleza del alma y la armonía preestablecida.”.  Y un anciano sencillo, sentado bajo un naranjo, desconociendo las noticias sobre el asesinato de dos visires de la corte Constantinopla y un clérigo musulmán que acababan de ser estrangulados, dijo “Sólo poseo unas ocho hectáreas; yo y mis hijos las cultivamos y de esta manera el trabajo aleja de nosotros los tres grandes males existentes en el mundo: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.
¿Es suficiente para vivir “en el mejor de los mundos”, sólo dedicarnos a “cultivar nuestra huerta.” sin reparar en catástrofes y crímenes? ¿Será más sencillo de esa forma transitar por el mundo, sin preguntarnos por la justicia o la finitud de nuestras vidas?
O por el contrario, como dice Pangloss a Cándido resumiendo todo lo sucedido: “-Todo tiene relación en el mejor los mundos posibles: porque si no os hubiesen expulsado del castillo por amor a la señorita Cunegunda, si no hubieseis sido entregado a la Inquisición, si no hubieseis atravesado América andando, si no hubieseis dado una gran estocada al barón y si no hubieseis perdido todos vuestros carneros de aquella buena tierra de Eldorado, no estaríais comiendo ahora mermelada de cidra y pistachos.”, las catástrofes, individuales o personales tienen sentido?
Si es así, si los temblores, los terremotos, las catástrofes –individuales o colectivas- tienen sentido, será necesario darles tiempo de reflexión, dejar que hagan surco, que den que pensar, y no sólo ser espectadores por un instante, desde algún living remoto, para al minuto siguiente cambiar de canal y continuar con las discusiones del “reality show” del momento.

Mutismo de la roca

El día 7 de Julio de 2011 se presentó el libro Mutismo de la roca en el CeDIP, Centro Cultural Recoleta. Con la locución de Silvia Lopez Hassell, la presentación fue realizada por el escritor, periodista y abogado Miguel Canale, quien trajo las palabras de Fernando Sanchez Sorondo. En la voz de la actriz Fernanda Pèrez Bodria pudieron oírse poemas del libro, y el «Rain dogs quartet» dio el marco musical al encuentro.

Ante una amplia concurrencia de amigos, compañeros de caminos, de letras y ciencias, de pensares y sentires, el encuentro se orientó a «lo otro», a esa palabra no dicha que nos trae la obra poética.

Sobre el camino de la poética, que puede ser un jugar, un entretenerse con la palabra, pero que no está exento de combates, de luchas, de podas. Un ir dejando de lado aquellas palabras  que están de más, y quedándose con las más relevantes, las que dan a escuchar, no por ellas sino por lo que no dicen del todo, las que llevan a otras, a las no dichas: «hurgar en el silencio/ de alguna palabra,/ esa que nadie reclama».
El camino de la palabra como un experimentar, un transitar no sólo por lo dicho sino particularmente por lo no dicho, por lo faltante, por lo otro. Un descubrir que hay otras formas de ver, de decir, de sentir.
De otro modo, ¿cómo darle un nuevo sentido a lo cotidiano, como transitar en esos espacios o situaciones si no es dando un tono poético, poniendo colores, o música? Apostando por seguir, como dice el poema: "Brindando por una nueva batalla, por otro camino».
¿Cómo transitar el límite, el dolor, si no es con poesía, con música, con palabra?, es decir, ¿cómo darle otro destino al padecer humano, cómo transformar el mundo si falta la palabra, la música, la poesía, el sentir?
Vivimos acelerados, en cambio constante, con incertidumbre, ambivalencia, con falta de seguridades, terremotos, cenizas, “realidades”, o «realities»? Pero por suerte sigue habiendo espacio para la metáfora, para la imagen, para la palabra. Hablamos de la realidad y su dureza como aquello que se nos presenta, que esta allí afuera y que en definitiva casi siempre nos cuesta  aceptar. Tal vez sea más fácil aceptarla y abrazarla, y aún cambiarla, si la vemos con otros ojos, si la vestimos y disfrazamos como un carnaval callejero, y si agregamos algo de magia, de misterio, de poética.
Se puede perecer, caer ante el peso. Se puede luchar y también se puede oír.  De allí el título, un «oyendo el mutismo de la roca». Aún la realidad más dura, aún el ser más duro, tienen una palabra para dar, esa palabra no dicha, que la poesía viene a rescatar.
Tal vez no oímos lo suficiente, no nos favorece el tiempo presente para lograr momentos de escucha verdaderos. Pero hay encuentros, momentos, lugares, segundos, que con disposición, oídos atentos, anteojos de fantasía, diccionarios inventados, traen nuevos sentires nutriendo palabras.
El transitar la palabra poética puede ser entonces un aprendizaje, el de esa palabra no dicha, entre un alguien y un otro. Un camino en que el pensar se va tornando en otra cosa, tornándose sentir y vibrar.
Y va siendo entonces expresión de lo otro: de lo que esta fuera de lo cotidiano y creemos concreto, real, palpable, de lo que pesa, de lo comprobable experimentalmente. Va haciéndose expresión de aquello  que no se puede definir en forma positiva porque justamente es lo que no es, lo que no se puede decir ni nombrar, lo otro, que surge del encuentro con el otro, y ante lo cual, por suerte, nos queda el sentir y el soñar.
Tal vez la palabra poética sirva para acompañarnos en ese camino, no sin combates, en que aún la roca pierda su mutismo y tenga algo que decir, porque ciertamente podemos esperar esa “otra cosa”.
Tal vez alguna palabra nos ayude a “Condensar eternidades en un breve instante”, como cierra el libro.