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Recuerdo, luego creo

Algunos recuerdos me sorprenden. Emergen de lo profundo, antojadizos, sin una razón aparente. Irrumpen, violando las barreras de mi conciencia, tal vez como parte de un proceso electroquímico sigiloso o como producto de la puja de mi deseo por asomar. No son convocados por mí, si por ello entiendo a este sujeto que siente y escribe en esta mañana lluviosa y fresca de otoño. Simplemente entran como por asalto, por fuerza propia, porque se escurren por alguna fisura que no cerré o simplemente porque así debía ser, sin que exista una razón, un por quién o un para qué.

Debo reconocerlo: lo antojadizo de estos recuerdos me inquita. Pero afortunadamente no todos se hacen presente de ese modo tan vil y humillante que deja al desnudo mi absoluta falta de control. Hay otros más francos, que hasta los calificaría como respetuosos. Me refiero a los que se hacen presente evocados por un perfume, por un rostro, por una antigua carta guardada en aquella caja arrumbada en la parte alta del placard. Desde esos estímulos se suelen desplegar riquísimas experiencias de duración y minuciosidad variable, muchas veces sorprendente. A éstos no dudo en considerarlos auténticamente propios, desde el origen. Tienen mi marca, mi estilo, mi cadencia. Reconozco los estímulos y los recuerdos que ellos traen a mí. Me reconozco en ellos y en ellos su origen identitario. Reconocer con claridad de dónde vienen me tranquiliza.

Pero si hay algo que particularmente me irrita es cuando por más que lo intento, no logro traducir un recuerdo en alguna imagen o sensación precisa. Son recuerdos que responden a estímulos más o menos explícitos. Emergen, sí. Están allí, pero su identidad se constituye a partir de la contradictoria vaguedad de ser un recuerdo velado. Son, a lo sumo, un rostro sin rostro, una voz átona, una calle imprescindiblemente anónima. Tal vez, a fuerza de intentarlo, estos recuerdos difuminados puedan, en algún momento, tomar forma. De otro modo, quedarán atrapados en una informe entidad a la que tal vez sea un exceso calificar.

Aunque tal vez el problema acerca del origen de los recuerdos no sea el más importante. Después de todo, con más o menos precisión, colorido o despliegue sensorial, ellos se hacen presente, convocados por mí o por alguna energía que no siempre termino de identificar.

Lo que hoy me inquieta más es en qué se sustenta la certeza acera de la precisión de aquello que recuerdo. ¿En lo que siento ante cada uno de los recuerdos que emergen, en eso que se llama memoria y que no termino de saber cómo funciona, a que huele o como suena cuando trabaja, en los hechos que viven detrás de los recuerdos, en las marcas que imprimieron en mí?

Acabo de levantar la vista de la pantalla de mi computador y reparo en la foto que hace tiempo dejé en uno de los estantes de la biblioteca.

Un hombre y un niño parados sobre unas lenguas de tierra que apenas se adentran en una inmensa masa de agua; una laguna tal vez. Sus rostros no se logran ver. El hombre mira hacia el horizonte; el niño mira hacia el agua, mientras sostiene una varilla con su mano. El cielo se ve totalmente despejado, al igual que la laguna. Solo unos juncos cerca de la orilla y un bote, un poco más adentro, se elevan sobre la superficie del agua. En el fondo, lo que parece ser la extensa arboleda de la orilla opuesta es apenas una delgada línea con mínimas irregularidades. Un instante en blanco y negro, con algunas precisiones, estampado en un papel fotográfico ajado. En el reverso, la inconfundible letra de mi padre deja saber que la fotografía fue tomada en algún día de marzo de 1968, en Chascomús.

No hay en mí recuerdos sobre ese instante. ¿Habrá sido un sábado, un domingo?, ¿A qué olería el aire en ese momento? ¿Sonaría a chicharras, a cotorras, a benteveos?

No guardo ningún recuerdo de ese día o de ese instante y sin embargo allí está, irrefutablemente registrado. Ni siquiera puedo reconocer los rostros de mi tío y de mí, según las referencias que me dieron acerca de lo que veo. Pero no puedo negar lo que esa imagen, el texto escrito en el reverso, las explicaciones y relatos recibidos acerca de ese momento, la historia familiar, dicen acerca de ese instante.

Un hecho más, una instantánea que sucedió y me tuvo como protagonista, de la que no guardo recuerdos en forma consciente. Son eventos sin recuerdos que forman parte de mi memoria. Como las resistencias de estudiantes universitarios a los nuevos estatutos de la dictadura de Onganía o los que contribuyeron al Mayo Francés, de ese mismo año.

Recuerdos y memoria. En el caso de la foto en mi biblioteca, un recuerdo sin rostros. Sin embargo, la memoria familiar me lleva a creer que allí estuvimos; creo que somos nosotros; creo que fue en un día del marzo del 68. Tanto como creo en muchos otros eventos que, aun sin conservar sensaciones o sin haber estado materialmente, son parte de mi memoria. Creo, definitivamente, que la memoria es también, un acto de fe.

Oblivion

Caminamos imperceptiblemente hacia el olvido. La ciencia nos dice que la memoria resulta de recuerdos transitorios, atribuidos a procesos mentales que suceden en estructuras cerebrales, Estructuras y procesos que, gracias a miles de millones de años de evolución, nos permiten registrar, almacenar y rememorar imágenes y sensaciones. Pero desconocemos de qué manera esa información es memorizada en eterno presente. Solo una parte irrisoria de la memoria ha pasado a ser consciente en los últimos 50-100 000 años de la historia de la humanidad. El resto de los recuerdos, de las imágenes que nos llegan, se oculta en los abismos de la mente, siguiendo una dinámica que desconocemos. Tal vez permanezcan allí para siempre, tal vez algo haga que emerjan de ese colosal patrimonio cognitivo inconsciente. No lo sabemos.

Así, buceamos en las profundidades del Leteo, entre “mordiscos” (o bytes si preferimos un término más preciso) de memoria almacenada en una aparente secuencia caótica de unos y ceros que nos estimulan hasta la embriaguez o dan nombre y forma a nuestros vacíos. Leí recientemente que, para el año 2020, la cantidad estimada de datos almacenados en memorias digitales en el mundo rondaba los 40 zettabytes. Se me hace imposible imaginar semejante cúmulo de información. Cuarenta zettabytes correspondería a 40 sextillones de bytes. Desde los textos más sublimes, las imágenes más bellas, los algoritmos esenciales para que el mundo funcione hasta las perversiones más oscuras estarán allí, en la superficie o en las profundidades. Thomas Bartol Jr., investigador del Instituto Salk y sus colegas estimaron que la capacidad de memoria del cerebro humano alcanzaría a 1 petabyte, que corresponde a cien mil millones de bytes.   

Hace un tiempo ya que en mi imperceptible camino al olvido incorporé dos rutinas que intentan atenuarlo o demorar el proceso hacia el olvido. Una de ellas es la de escribir, muy temprano por la mañana. Escribir como forma de recordar, de plasmar la idea, la sensación, el momento, que cuadro a cuadro se hace historia. La otra es caminar, en un transitar flauberiano, captando aquello que la ciudad ofrece.

Sin importar el camino que tome, sin importar la ciudad o el país por los que transite, el olvido es cada día más tangible. Nuestras ciudades, las grandes ciudades, son territorios pletóricos de olvido. Nuestras actividades se retiraron a ámbitos privados, más aún luego de la pandemia por COVID 19. La vida se retira a mundos privados, a barrios privados, a televivir detrás de muros que nos previenen de ver aquello que es mejor no ver, pero que existe sin ser notado.

Las estadísticas que cada año las autoridades de muchas de las grandes ciudades presentan cada año, particularmente a comienzos de los inviernos, nos hablan del número creciente de personas en situación de calle. En todos los casos, cuantificados en unidades, decenas o centenas de miles, los reportes lo presentan como asociado a los efectos de la pandemia, a las condiciones económicas, a la migración, al consumo de sustancias o a situaciones de salud mental.

Pero mas allá de toda estimación estadística, las personas en situación de calle son una forma de olvido que nos interpela. Un pie descalzo que se escurre bajo un revoltijo de ropas y mantas viejas, en un umbral junto al que paso. Una anciana, que apenas levanta sus pies hinchados, detrás de un carrito desvencijado en el que se apoya mientras camina. Olvidados por quienes por allí transitamos, por la sociedad, tal vez hasta olvidados de sí. Olvidado yo de que también soy él.  Formas del olvido al que nos dirigimos.

Sumergidos, somos el olvido que intentamos revertir. Y si emergemos, transitamos otros tantos y vastos territorios del olvido. Transitamos por territorios híbridos, hechos de realidades revestidas y maquilladas por el manto y la brocha de nuestra propia creación, a nuestra imagen, semejanza y conveniencia.  

Avanzamos hacia el olvido, con mayor o menor celeridad, con mayor o menor habilidad para concretarlo. Avanzamos por territorios que no siempre logramos revestir suficientemente, camuflarlos o transformarlos en tierra despojada desde donde crear realidades a nuestra medida.  

Un lunes de agosto de 1904 James Joyce escribió a Nora Bernacle “No puedo ingresar en el orden social si no es como vagabundo”. Puede resultar una irreverencia de mi parte, pero me atrevo a completar la frase: “y con los sentidos alertas”. 

Homeless 

Hoy me encontré  
harapiento, desalineado, reflejado en sus ojos, 
que se esforzaban por ver 
tras unos párpados cansados. 
Y mis manos, 
como las suyas, 
abiertas y vacías, 
de cara al cielo, 
a la espera 
de misericordia. 
Hermanos en orfandad, 
bajo techo de cartón 
deshecho de llovizna. 
Hoy me reconocí 
y amé ese banco de plaza, 
mi lecho 
de tantas noches, 
bajo un cielo 
apenas salpicado. 
 
Pablo Durán. Cuerpos Velados (Alción Editora, 2014) 
 

Camino a las periferias

Bienvenido 2022

Aún hoy, como cuando era niño, mirar a través de la ventanilla mientras viajo sigue teniendo un efecto hipnótico para mí. No importa cual sea el medio de transporte ni el territorio transitado. Como al atravesar la intermitencia de luces y sombras, la estética de las estaciones o la aceleración psicodélica al cruzar otra formación en sentido contrario, que conjugan vértigo, regularidad y sorpresa en el fluir encapsulado del subterráneo. O bien los paisajes que desde perspectivas, altura desde la que se mira, velocidad o territorio recorrido, veo pasar al transitar en tren, ómnibus o automóvil. Y por supuesto que en ese degradé de velocidad, perspectiva y ámbitos, el caminar, sin otro marco que el del propio campo visual, puede ser otra forma de estar-viendo en el tránsito.

Pero tengo que reconocer que no siempre mi conciencia espacial, temporal e intencional se llevan bien y caminan juntas. Y así, transito sin ver, sin oír, sin sentir.

Hace unas semanas visité la muestra “El signo que habito”, del artista Pablo Sinai @pablosinai en MMGalery https://mmgallery.de/es/noticias/.  

Me encontré con la abstracción, la linealidad, la fuga hacia la periferia, la multiplicidad de lo aparentemente similar y reiteradamente singular de aquello que habitamos. Fue una grata coincidencia para mí encontrar esa mirada en un momento en que este blog, este espacio, se iba perfilando para transitar y habitar un nuevo espacio. El signo que habito fue un exquisito paseo por una serie -Vestigios- que parte de los mapas de líneas de subtes de ciudades como Viena, París, Barcelona, Tokio y Nueva York; otra – «Múltiple»- en la que una y múltiples mariposas despliegan su vuelo hacia donde me dejara llevar con la vista y el sentir; y la instalación “Intervalo límbico», que entre lo íntimo y lo colectivo, era otra invitación a abrirse y a salir.

Transitar, del centro a la periferia, a “las” periferias, es el camino que intentaré transitar este año desde Continuum.  ¿Qué espacios habitamos? ¿Cómo los habitamos, recorremos y transitamos? Luego de casi dos años de pandemia, con todo lo que sabemos que significó, individual y colectivamente, la propuesta para este año se vincula con ese recorrido por espacios, nuevos o conocidos, esos “aparentemente similares y reiteradamente singulares”, en los que no solemos detenernos.

La propuesta inicial conserva su vigencia: el continuo de miradas, saberes, experiencias, que nos permite jugar, ir y venir. Luego de haber recorrido lugares, palabras y texturas, en 2021 nos animamos a abrir el espacio a otras voces, a esbozar un recorrido desde la idea de pluriverso de William James, a través de la serie de entrevistas y diálogos que dieron un nuevo tono de voz/voces, desde esos universos múltiples por los que las y los entrevistados transitan.

Este año, desde un espacio renovado, proponemos un tema que lo transitaremos desde diferentes vehículos y perspectivas, en un viaje hacia las periferias.

Viaje al que están formalmente invitados.   

Las colinas de Kampala

«Las colinas de Kampala»

Un recorrido de intersecciones entre lo público y lo privado

Por Pablo Durán

Nunca salí de Uganda, salvo cuando me trasladaron a Sudáfrica para curarme. Si no habría muerto.
Mientras conducía,  Gerald abría para mí diferentes rendijas por las que podía adentrarme a la vida en Kampala.
La sonrisa tímida y el firme apretón de su mano maciza y franca, fueron las cartas de presentación de Gerald. De mediana estatura y cuerpo robusto, sus ojos y la blancura de sus dientes, el hablar pausado con voz grave, todo en él trasmitía serenidad. No me animé a preguntar su edad pero no tendría mas de cincuenta años.  Desde hacia tiempo ya que él vivía en Entebbe, a orillas del lago Victoria, uno de los lagos mas grandes del planeta y del que nace uno de los principales afluentes del Nilo.  Desde Entebbe, Gerald recorre casi a diario el trayecto a

Kampala, capital del país. Hasta allí me llevó el trabajo esos días de comienzos de noviembre y no quería irme sin recorrer la ciudad. Hay sitios a los que tal vez nunca más  regrese,  o de los que difícilmente salgamos alguna vez. Así, Kampala se convertía en la intersección de esas dos situaciones que nos reunían con Gerald esa mañana.
Kampala despertaba con pudor. Una bruma se anteponía entre la ciudad y nosotros. El sol se insinuaba por detrás de las colinas. Desde lo mas alto del cielo, la gama de colores tornaba desde un gris progresivamente rojizo, hasta la cresta incandescente de las colinas, para volver a apagarse, desdibujando la silueta  de la colina teñida de un gris esfumado. Abajo la ciudad, estática, salpicada de manchas verdes, rojizas, grises y cada tanto alguna lámpara que perseveraba a pesar de lo avanzado del amanecer. Detrás de la bruma apenas podía distinguirse ese mosaico de colores que formaban los arboles, los tejados, las construcciones, inanimados desde esa altura, que ocupaban todo el valle y el rojo de la tierra, que es el rojo de África.
Miramos desde una especie de balcón natural en la colina Narimembe, una de las siete colinas que rodean la cuidad (aunque dicen que en realidad son mas de siete). Desde allí, en silencio, contemplamos la ciudad detrás de ese velo nebuloso.
Era una mañana fresca y apacible. Detrás nuestro se elevaba la Catedral Anglicana, coronando la colina. El edificio era imponente, de un intenso color terracota, construido con ladrillos cocidos, enmarcado en el verde fuerte salpicado de flores de los jardines que la rodean.
Saludé a quien parecía ser el portero, que me devolvió el saludo con un leve movimiento de la cabeza e ingresé al templo.
La nave principal estaba vacía. Una luz brillante entraba por los grandes vitrales que la rodeaban. Solo los bancos de madera y yo éramos testigos de lo que sucedía unos escalones más arriba, en el coro que antecede al altar. Un pastor daba una plática a algo mas de una decena de mujeres y hombres jóvenes que lo oían en silencio. Palabra, voz grave que llenaba la gran nave del templo. Por dentro el templo era sobrio. El coro, dos escalones por arriba del nivel de la entrada, cubierto por una alfombra roja y bajo arcos de estilo gótico, era de una belleza particular. Bancos, un atril con una cabeza de águila tallada, reclinatorios, el órgano, todo de madera oscura que contrastaba con el color claro de las paredes.
Busqué a Gerald pero no estaba a la vista. Salí y rodeé el edificio. Allí estaba, detrás de la Catedral, conversando con el portero.

Ya podemos seguir camino? Me preguntó

Comenzamos a bajar por una calle angosta, flanqueada por sendas sin vereda, transitadas por niñas y niños camino a la escuela con uniformes de colores variados, gente caminando, motocicletas. La complejidad de la vida de esa ciudad de algo mas de un millón de habitantes se hacia más evidente en la medida que descendíamos por las angostas calles. Transitar desde la colina hacia el valle era como sumergirnos en un océano profundo. Un mar de motocicletas que nos sobrepasaban, camiones, cargados con cachos inmensos de bananas o mercadería de la mas variada, buses pequeños repletos de pasajeros.

Me envenenó quien era mi esposa en ese momento. Por eso debieron trasladarme a Sudáfrica. Es que me engañaba con alguien y quiso matarme.

Así Gerald abrió para mi otra página, ahora más íntima y misteriosa, contada con la misma sonrisa con la que relataba la vida cotidiana, la cultura, el fluir de la ciudad, de su pueblo y su propia historia.
Situaciones límite que en la esfera de lo individual o colectivo, irrumpen muchas veces marcando las

vidas de las personas. Situaciones que imprimen en lo profundo del ser, marcas y señas en códigos ininteligibles. Limites entre la vida y la muerte, ser un casi vivo o casi muerto, seres amados, odiados, envenenados, restaurados.

Mercados callejeros, alcoholismo, prostitución, el VIH que sigue matando y matando, ladrones y arrebatadores que aprovechaban el congestionamiento en el tránsito para escabullirse con algún botín desde una ventanilla de los vehículos, todo estaba allí entrelazado, en una mañana que apenas había iniciado.
-Esto no debe suceder en su país, me decía
– Sucede, como en todos lados.
La intensidad del movimiento me generó una sensación similar y a la vez diferente a la que tuve en la colina de Narimembe. Esa sensación de no poder ver con claridad, de no distinguir los detalles hasta que la vista se acomodara. Desde la colina, era la bruma la que escondía los detalles. Aquí, en la ciudad, era el caos. De la paz y frescura de la colina a la sensación de estar en medio de un mar revuelto.
Habíamos dejado las calles angostas que descendían desde la colina. Estábamos detenidos en el tránsito en una avenida ancha. Una joven con una biblia en su mano me hablaba enfáticamente, gesticulaba y señalaba hacia su corazón, hacia mí y al cielo. Un niño ofrecía unos plátanos pequeños (muy dulces, según Gerald). Una anciana vendía pequeños saches con agua. No me había dado cuenta de que Gerald había apagado el motor de la camioneta.
Aquí es así. En ciertos momentos del día no se hace caso a los semáforos. Sólo a los agentes de tránsito, que hacen lo que pueden. Solo queda esperar.

Pasaban los minutos y seguíamos sin movernos. Sólo las motocicletas o las personas a pie fluían a nuestro lado. Mi respiración se desaceleró. Me fui acomodando a ese otro tiempo y dejé también yo fluir mi mirada, mi pensamiento y mi mente con las historias que Gerald relataba.
Me contó de sus tres hijos; el mayor con su primera mujer y dos niños mas pequeños, en edad escolar, con su actual mujer. Lo poco que veía a su hijo mayor; lo mucho que le demandaban sus hijos pequeños.
-Sucede,  como en todos lados (y con matices también), pensé.

 Gerald encendió el motor de la camioneta y volvimos a ponernos en movimiento. Nuestro recorrido siguió hacia Kasubi, otra de las colinas, hacia las tumbas de los Reyes de Buganda, el mayor de los reinos tradicionales en la Uganda actual. 
Las tumbas de Kasubi son un santuario, construido en 1882, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, alberga cuatro tumbas reales. En el año 2010 un incendio destruyó el edificio, que está siendo reconstruido actualmente.  Ingresamos a través de una pequeña construcción cónica, de techo de paja, construida con juncos, madera y adobe. Inicialmente había sido la casa del rey, hasta que se construyó la casa más importante, donde actualmente se encuentran las tumbas. Desde entonces, la construcción pequeña fue destinada a la guardia del rey. Avanzando, nos encontramos con otra construcción similar, que alberga los tambores reales, que con diferentes ritmos anunciaban la partida del rey, su regreso o su muerte. Un gran predio abierto, destinado a las celebraciones y actividades comunitarias mira hacia el edificio principal y al semicírculo que forman las casas de las Reinas.

Los hombres, guerreros, guardianes y responsables del cuidado del predio, también se ocupan de la fabricación de tejidos de corteza vegetal, una artesanía antigua de los baganda. Quien nos guió en esa visita (Gerald allí fue visitante por un rato) nos explicó que originalmente eran los artesanos del clan de Ngonge, dirigidos el artesano-jefe hereditario, quienes fabricaban tejido de corteza vegetal para la familia real baganda y el resto de la comunidad. Los vestidos reales y ceremoniales se elaboraban con ese tejido. Se hace con la corteza interna del árbol mutuba (Ficus natalensis). Actualmente los utilizan de lienzo sobre el cual pintan imágenes que retratan su cultura y otras artesanías textiles.
Continuamos nuestro recorrido, alternando colinas y valle, historias, palacios, templos. La colina Mengo y el Palacio Liburi, del Rey de Buganda; Kibuli y la mezquita mayor de la ciudad;  la Catedral Católica Santa María en la colina Lubaga; y la Universidad Makerere, en la colina que le da nombre.

Lo público y lo privado, la cotidianidad, lo íntimo, la sensibilidad, la sociabilidad, los afectos, que Philippe Aries y Georges Duby abordan con exquisita claridad a lo largo de la historia, eran retratadas para mi por Gerald, estaban en carne viva allí, ante mis ojos, a mi alrededor. Historias e imágenes humanas, intercambios comerciales en las calles, mezcladas con historias de reinas, calles en las que no había límites claros entre humanos, motocicletas, automóviles, vida privada, comercio.
Imposible comprender en una breve estancia allí, detenido varios minutos en medio de una carretera, cuáles son las prácticas de la sociabilidad y formas de la intimidad que allí se dan. Pero sí era posible sentirlo.
Atardecía y debíamos iniciar el camino hacia Entebbe. En mi caso para tomar el vuelo de regreso y en el caso de Gerald, a su casa. Ya había atardecido. Recorrer los treinta kilómetros de ruta fue aun mas complejo que el recorrido por la ciudad. Fueron mas de dos horas de ruta, de marcha y de motor apagado. De atardecer y noche. Y de una larga carretera flanqueada a cada lado de una intensa vida, de música, de comercios, bares, de tierra roja.

La sensación en esta última etapa ya no fue ver la de percibir la ciudad esfumada bajo el velo de la bruma, ni la de sumergirme en un profundo mar. Fue la de fluir al ritmo lento de la vida que por allí circulaba, a nuestro lado. El ritmo de mi respiración era otro, mas pausado. Lo público y lo privado estaba fuera del vehículo tanto como dentro, en Gerald y en mi. En nuestras historias compartidas y en nuestros silencios.  Sociabilidad anónima, de la que habla Aries, y sociabilidad fragmentada, sin límites claros entre ellas estaban allí.
Gerald me acompañó hasta el pie de la escalera que me llevaría hacia el sector partidas del Aeropuerto. Se ofreció a subir pero le agradecí; ya era tarde y su familia lo esperaba en casa.
Allí abajo estaba su vida, la vida, sin imágenes esfumadas. Me estrechó nuevamente su mano, fuerte.
Avíseme cuando regrese. Queda mucho más por conocer.
Al día siguiente recibí un mensaje por Whatsapp preguntando si había llegado bien.

Morir bajo la lluvia

Superfluous were the Sun
Superfluous were the Sun
When Excellence be dead
He were superfluous every Day
For every Day be said
That syllable whose Faith
Just saves it from Despair
And whose “I’ll meet You” hesitates
If Love inquire “Where”?
Upon His dateless Fame
Our Periods may lie
As Stars that drop anonymous
From an abundant sky.
Emily Dickinson
Antonio Seguí. «El sol no sale para todos». Tapiz

¿Que hace que un día sea especial o, por el contrario, que sea insignificante? En mi caso, aún un amanecer lluvioso en sábado suele despertar cierta sensación (un presagio tal vez), de que ese será un día especial. No es que se trate de una ley universal, pero se cumple con mucha frecuencia, como sucedió el sábado pasado, como muchos otros amaneceres lluviosos de sábado. Puede ser un día, un instante, un encuentro, una vida; puede ser una extensa lista de objetos o situaciones ordenadas hasta el infinito; en esta rotulación sí que no hay regla y todo puede ser especial o insignificante, según los ojos con los que lo mire. ¿Es la cosa en sí la que encierra la maravilla, que se impone por sí misma, o es la mirada la que la descubre (o no)? Y entonces, ¿si no hay mirada, no hay maravilla?

El otoño todavía no era el típico (si es que lo hay) otoño lluvioso, aunque el viernes previo había refrescado mucho y una fuerte lluvia, que arrancó al atardecer, continuó toda la noche.
En la mañana de ese sábado, la intensidad de la lluvia del día anterior había quedado atrás y ya no era mas que una suave llovizna que flotaba y casi desaparecía antes de tocar la tierra, en una mañana de otoño, un otoño seco en una época de sequías varias. Caminé las tres cuadras que separan la avenida hasta la salita por ese delgado pasaje asfaltado, del ancho de un auto, entre la tira de casas que siguen creciendo a lo alto, antojadizas, ladrillo a ladrillo, de un lado, y la canchita de futbol del otro. El agua caída en la noche había desaparecido; casi todo lo había absorbido la tierra seca y solo quedaba un charco de tanto en tanto.
Mas allá de la avenida, mas allá de la vía del Premetro, mas acá de la tierra que apenas se humedecía con esa lluvia, mas acá de la vida que de este lado, a veces, se siente mas a flor de piel, sin maquillaje.
Al pasar por la puerta de la iglesia me sorprendió ver a varias personas a los pies del altar, formando una especie de círculo, que no pude identificar por la poca luz. Inesperado a esa hora de la mañana, en la que solo se ven por ahí los perros de la parroquia, echados en el umbral de la iglesia.
Recién cuando estaba casi en la puerta me di cuenta de que era Nancy quien se había levantado y venía hacia mí.
Rocky, murió anoche, dijo con la aridez de palabras de siempre. Lo encontraron dormido en la puerta del Centro Barrial.
Nancy, Ariel, Marta y algunos mas del barrio estaban junto al cajón. En un rato lo buscan para llevarlo al Cementerio, me dijo.
Rocky era incapaz de aceptar una mano, de sumarse al grupo del hogar y arrancar con los talleres y la terapia. A lo sumo, tal vez algún día frío o de lluvia en que ya no tenía nada que ponerse, se acercaba al hogar a darse una ducha caliente, a buscar algo de ropa seca o un plato de sopa. Pero fuera de eso, nunca aceptó incorporarse al grupo, nunca aceptó una ayuda.

Le dije a Ariel que iba a extrañar a su compañero de trabajo, dijo Nancy.
¿Y sabes que me dijo el guacho: ¿De trabajo, decís? Sí, abriendo botellas. Y se rio también ella con esa risa infantil, achinando los ojos y haciendo ese ruido tan particular como si vibrara el fondo de su laringe.

Me reí con ella, aunque el impacto de la noticia, saber que era Rocky el que estaba allí, me entristeció. También la risa de Rocky era especial, y hasta su andar, que lo acercaban mas a lo que podría ser un niño pequeño que a alguien de su edad. Y aunque pareciera que él pasaba sin ver y uno no sabía en que momento se caería de como venía tambaleándose, cuando llegaba a mi lado se detenía, me miraba con ojos vidriosos, sonreía, y seguía. El lugar de Rocky era la calle desde que murió su madre, cuando él tendría alrededor de once años.
Me acerqué hasta el altar a despedirme de él. Llevaba la misma sonrisa de siempre, más relajada, mas serena esta vez.

Nakesha  conoció a PJ un día lluvioso y lo único que aceptó de ella, ese día y durante todo el tiempo que siguieron en contacto, fue un paraguas, ofrecimiento que agradeció con una amplia sonrisa. Fuera de ello, negó las ayudas que trabajadores sociales, amigos o conocidos le ofrecían durante tanto tiempo, desde que comenzó a alejarse de los ámbitos en que se movía hasta finalmente hacer de ese reducido metro cuadrado en la calle su hogar. Nakesha vivió en la calle 46 y Park Avenue, en Manhattan, durante años, hasta el día de su muerte. Muchos, cientos o miles habrán pasado por allí sin haberla visto. Algunos pocos, que la conocieron en su periodo de eximia estudiante y bailarina, antiguos profesores, extraños que la veían allí en esa esquina e intentaron hacer algo por ella, cada uno contribuyó a reconstruir el relato (o tal vez nada mas que el torpe esbozo) de la vida de Nakesha, que cuenta la nota que leí hace unas semanas y que recordé mientras caminaba hacia la salita (1).

Tocaron las campanas de la iglesia. Salí de la salita y llegué a tiempo para verlos partir hacia el cementerio: Rocky acompañado por sus amigos. Un auto negro algo desvencijado para Rocky y la camioneta del Centro Barrial, siguiéndolo, para el resto.
La lluvia y la soledad habían aflojado. La insignificancia de la lluvia y la insignificancia de la soledad, volvían a ser suavizadas, ambas, por el cariño y amistad. Ya no tenía sentido repetir “Si hubiera aceptado la ayuda tal vez no habría muerto”. Valía para Rocky tanto como para Nakesha, a quien también despidieron sus amigos, en ese caso con velas encendidas y un spiritual llamado “Niño solitario” en una ceremonia casera en la 46 y Park Avenue.

Durante mucho tiempo ellos nos miraron pasar, en el Bajo Flores, en Manhattan, desde algún umbral o alguna calle. Nos ven pasar, y también ven pasar sus vidas, sus historias, sus fantasmas, sus monstruos. Pero nos ven, aunque no siempre nosotros a ellos.

Cuando me iba volví a encontrar a Nancy, que regresaba del cementerio con el resto. Me mostró la tarjetita con el nombre y la fecha del entierro.
Le pelié al chabón para que pusiera Rocky en lugar de Luis. El es Rocky, dijo Nancy.
Voy a poner la tarjetita sobre la cajonera de mi pieza, junto a la foto de mi vieja, siguió diciendo mientras seguía caminando hacia su casa, sonriendo.
Ya no llovía y la mañana estaba mas luminosa. Rocky tuvo a sus amigos y ellos a él; esa mañana las campanas sonaron para despedirlo. A Nakesha, fue el canto, las velas y también sus amigos quienes la despidieron. Nos seguirán viendo pasar, donde quieran que estén. Y nosotros seguiremos pasando, muchas veces sin ver, tratando de encontrar un significado a algo que tal vez este mas acá de lo que creemos.

1. https://www.nytimes.com/2018/03/03/nyregion/nyc-homeless-nakesha-mental-illness.html

Silencio y liviandad

Silencio y liviandad
Y en eso estaba su culpa (¡salud viejo Anaximandro¡): 
en haber salido de la indiferenciación primera, 
en haber desertado la gozosa Unidad.
Leopodo Marechal
Hoy se cumple un año de un accidente automovilístico que me tuvo de protagonista. A pesar de viajar solo no sé si fui el único, aunque indudablemente protagonista al fin. Hechos de esa magnitud  suelen no pasar desapercibidos (o al menos es lo deseable). Estallido de la cuarta vértebra lumbar, fractura de manguito esternal y siete costillas por un lado, destrucción total del auto por el otro. Hechos objetivos y concretos.
¿Objetivos y concretos? En absoluto, al menos para mí no lo fueron. Podrían llegar a serlo como una noticia periodística que cae dentro de la estadística de hechos de inseguridad vial. Podría serlo en el reporte policial del siniestro, en el informe del seguro o en la historia clínica. Lo fue ciertamente al  ir comunicándolo a queridos, cercanos y menos cercanos. Pero de ninguna manera ni objetivos ni simples.
¿Pero que es lo que hace de ellos otra cosa? Pasado el shock inicial fui de a poco intentando ponerle palabras. Hacer un relato de esos hechos simples y objetivos. Lo previo a salir de la ruta, la sensación única de notar que había perdido el control del auto y ya nada podía hacer para volver al pavimento, el deseo de que la fricción con la tierra redujera la velocidad y el auto se detuviera, la decepción al notar que delante mío había un zanjón y que eso podría ser el fin de todo, el recuerdo infantil del auto de Meteoro, el Mach 5, que tenía un dispositivo que permitía que el auto saltara y que en el mío no estaba disponible, hasta el impacto seguido de un silencio absoluto y de liviandad para concluir con el impacto final por la caída y el quedar cabeza abajo, sostenido por el cinturón de seguridad. Hechos que se podrían repetir hasta el infinito, cuadro por cuadro, fraccionado en milésimas de segundo, aunque insuficientes para que fueran relato. Los hechos sin palabra no alcanzan para ese relato, que debí ir construyendo, y aun sigo, poniendo palabras que los hilvanen.
Damos existencia en el relato, o al menos así debería suceder. Como Adán Buenosaires, nombrando la granada, la rosa o la pipa. Pero la palabra no abunda en nuestros días. Tal vez nos sobran textos breves y nos falta con-textos. Tal vez la búsqueda de simplificación lleven a que dejemos elementos fuera de nuestra mirada y de nuestro relato, aunque al parecer intentemos dar una descripción verdadera literalmente. Tal vez tratamos las cosas como si tuvieran carácterísticas que claramente no tienen, y les asignemos formas, intenciones, razones o condiciones que no tienen, buscando un estado ideal que tal vez no exista en realidad (aunque si en la nuestra). Y tal vez así es que la abstracción o la idealización se hacen parte de nuestra vida, de nuestra cultura, de nuestro relato.
¿Por qué dejamos de nombrar, por qué permitimos que la precariedad, que la velocidad, que la multi-función (o multitasking como dicen, ¿o multiprocesadora?) nos triture de esa manera? Pantallas y más pantallas abiertas, líneas de texto que se suceden sin cesar y hasta se confunden de destinatario, voces entrecortadas que hablan hasta con jeroglíficos. Razones que se dan con argumentos superficiales, a toda velocidad. Y se termina estableciendo. Ese es el temido resultado. Que se nos haga natural la no palabra profunda, el no contexto y que ya no nos permita ver otra cosa. Para que más palabra o más profunda, para que más razones que las que están a la vista, si esa realidad que nos hemos creado nos permite un entorno seguro, nos sostiene. La limpieza fue efectiva; recortamos aquello de la realidad que sobraba y nos quedamos con una más simple, con menos interferencias. Y la completamos con algún otro condimento que hace de ese camino uno ideal, al menos mientras dura.
Aun cabeza abajo, cuando el auto cayó, el cinturón de seguridad me sostuvo. En ese momento, la adrenalina no dejaba mucho espacio para sentir. Me liberé, salí del auto. Y vino la confusión, la ambulancia y nuevamente la inmovilización en la camilla. Pero aun así el dolor, sordo, comenzó a aflorar.
Si me hubiera quedado solo con las fracturas, la cirugía, la rehabilitación, sin reparar en lo que antecedió y lo representaba ese hecho puntual, habría sido la de una pérdida inmensa oportunidad.
Tal vez no logremos entrar en toda la profundidad. Tal vez queden fragmentos del auto repartidos por la banquina, tal como quedaron los fragmentos de mi cuerpo vertebral. Eso será inevitable. Pro el Mach 5 solo existe en la ficción y hay cosas que no podemos pasar por encima. Atravesar esa zanja me dejo así, pudo repararse. Pero exige palabra que hilvanen y puedan ayudar a unir esos argumentos, que de otro modo seguirán allí, desparramados y dolientes.
Montevideo, 4 de septiembre de 2017

Hombre león

«Un día de abril de 2013 visito el Museo Británico de Londres, donde tienen una réplica del Hombre León expuesta por un tiempo. Estar ahí contemplando la estatuilla y la mirada de esa cabeza de marfil supone para mi un momento extraordinario.
Me esta mirando, pienso. Y yo lo estoy mirando a él.
Sin saber de donde ha surgido la idea, de repente es como si lo reconociera.»

Son palabras de Henning Mankell, cerrando el capitulo 10 -El hombre león- en Arenas movedizas (Tusquets Ed. Buenos Aires, 2015), su ultimo libro y relato en parte de su lucha contra el cáncer.

Fue grande mi sorpresa encontrar estas paginas luego de mi propia experiencia en el mismo Museo Británico.
Me esta leyendo, pienso. Y yo lo estoy leyendo a él.
Sin saber de donde ha surgido la idea, de repente es como si lo reconociera.

Casa de musas

La ontogenia recapitula la filogenia
Pablo Durán

«El calentamiento del Guayacan bebido
por largo tiempo cura la llaga
de los pulmones, mejor que otro remedio
alguno». Pedro de Montenegro.
Materia Medica Misionera. 1710
Listar, clasificar, coleccionar. ¡Cuánto tiempo y esfuerzo, pero también cuánta riqueza encierran! Ya sea como individuos o como sociedad, tanto en el orden cotidiano como en el desarrollo técnico y científico, es casi imposible que alguien pueda escaparles. ¿O acaso, cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente no va por la vida intentando ubicar cosas, personas y aun ubicarse en una lista o una clasificación?

Desde tornillos, seres vivos, caracteres y hasta los días. Para todos ellos y más, existen listas y clasificaciones que podrían llegar a ser interminables. Fisher, Parker, artrópodos, paseriformes, neuróticos, nublados o feriados. Y hasta en forma combinada podríamos tener las combinaciones de ellos como por ejemplo indígena-caníbal-Viernes.
La lista de las compras o de las cosas a llevar de viaje; la de tareas del día; el ordenamiento de cubos a cilindros de menor a mayor que hace un niño. De simples listas a niveles más complejos, que puede estar en los mecanismos o en la clasificación que sustenta el ordenamiento.

Ordenar cubos o cilindros de menor a mayor, coleccionar estampillas, insectos o postales. Recuerdo mis cajas de cartón que con cuidado revestía con fieltro de colores (generalmente verde o azul) en las que exhibía mis apreciadas colecciones de caracoles, piedras con impregnaciones vegetales, vertebras de diferentes especies animales. Perfectamente listadas, clasificadas y expuestas.
Naturaleza, cultura, vida humana y social estaban allí plasmadas, como trofeos inertes en apariencia. Sin vida desde un sentido estricto, pero condensando años y hasta siglos. No porque se tratara de piezas preciadas, de verdaderas antigüedades, sino por lo que subyace en las clasificaciones y colecciones, cualquiera sea. Lo que hay detrás de ellas no es solo tiempo, que pueda medirse mediante técnicas de datación a partir de Carbono radioactivo.

Hace unos días tuve el placer de recorrer el Museo Británico. No sé por qué extraña razón pero fue la sala 1 la última en la que ingresé. Es la sala destinada al periodo, o más bien al espíritu de La Ilustración. Estantes, del piso al techo, que en su momento pertenecieron al Rey Jorge III, aunque sus libros ya no están allí sino en la Biblioteca Británica en St Pancras, rodean el largo salón rectangular. Actualmente los estantes están repletos de objetos, libros o artefactos de lo más variados. Pero el resumen de la sala, en definitiva del periodo y de su espíritu se encuentran en el centro. Dieciséis vitrinas en torno a siete ejes temáticos: 1) el mundo natural; 2) el nacimiento de la arqueología; 3) arte y civilización; 4) clasificando el mundo.; 5) escrituras antiguas; 6) elementos religiosos y rituales; 7) viajeros y exploradores.
Fósiles con sellos vegetales o animales, monedas o artefactos de épocas antiguas, prendedores, aros o elementos decorativos de civilizaciones antiguas, láminas clasificatorios de especies varias a partir de los trabajos de Linneo, (jeroglíficos o escritos en sanscrito o cuneiforme. No es tanto el contenido en sí mismo; no es relevante el sistema de clasificación sexual de las flores de Linneo, una moneda o un brazalete provenientes del imperio Romano.

Un museo dentro de un museo; muestras pequeñas de mucho que se encontraba en otras salas. La diferencia en este caso es la lógica. No era La Civilización X o el Periodo Y la que subyace en esta sala.
Es la luz de la razón o la razón que ilumina nuestras vidas; aquella que ha permitido buscar, explorar, descubrir, clasificar. La que ordena y ubica y da sustento a tal o cual clasificación. “Un tiempo en el que la gente, incluyendo a los coleccionistas que crearon el Museo Británico, utilizaron la razón y la observación de primera mano del mundo a su alrededor para entenderlo de nuevas formas”, según explica el folleto descriptivo de la sala.
La razón humana dando luz, orden, limites. Pero al mismo tiempo nuevas formas de entender al mundo.
Luz que permitió abrir los ojos e iniciar un camino que dejara atrás la superstición, la ignorancia y hasta la tiranía, desembocando en el reconocimiento de las libertades (aunque no siempre ha sido así).
Luz y razón que se posaron sobre la sociedad, la economía y la política, así como en la estética.

La belleza de una ilustración de Georg Dyonysius Ehret, quien colaboró con Linneo en plasmar imágenes de floras de todo el mundo, nos inhibe claramente de poner un límite entre ciencia y arte. Valor científico, estético y en algunos casos hasta social (así podríamos considerar a las ilustraciones publicaciones del tipo “Materia Medica Misionera, de Pedro de Montenegro, que aunque algo posterior en el tiempo, plasma el espíritu explorador, la estética y el lugar social por su contribución a la farmacopea.
Puede ser difícil, aunque excedería en profundidad a estas líneas, pensar que existe un límite entre lo artístico y lo científico, así como con cualquier otro recorte de la realidad.

”Las transiciones entre el arte y la esfera extra artística e incluso la extra estética, son tan poco claras y su averiguación es tan compleja que una demarcación precisa es ilusoria” (Mukarovsky J. Función, norma y valor estéticos como hechos sociales. El cuenco de Plata Ed. Buenos Aires, 2011)

¿Pero sí es más claro el límite en las clasificaciones? Obviamente no sería el caso entre artrópodos o mamíferos. O sí, dependiendo del criterio que utilicemos para la clasificación. En algún caso podrían diferir desde un criterio y ser próximos por otro.
¿Sobre qué criterios sustentamos los limites que demarcan las clasificaciones? A simple vista las clasificaciones se presentan claras en su demarcación, pero muchas veces antojadizas o al menos con ciertas ambigüedades.
Ambigüedades, redundancias y deficiencias que Borges, al referirse a John Wilkins y sus proyectos, le recuerdan a las que el doctor Franz Kuhn atribuye a una enciclopedia que divide a los animales en: “a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”. (Borges JL. El Idioma analítico de John Wilkins. Otras inquisiciones. Obras Completas. Emece. Buenos Aires, 2006)

Durante mi preparación para el ingreso a la universidad, hubo una frase que me impactó y me quedó grabada:” La ontogenia recapitula la filogenia”. Núcleo de la teoría de la recapitulación. Si bien las postulaciones iniciales corresponden al periodo de la Ilustración, con John Hunter y Carl Friedrich Kielmeyer, su formulación y sistematización se dio con Ernst Haeckel en el Siglo XIX. Pero esto no es lo importante. Lo central es que lo que plantea la teoría es que la ontogenia, o el desarrollo de los individuos orgánicos, es una breve y rápida recapitulación de la filogenia, o el desarrollo del grupo orgánico (phylum) al que pertenece. Claro que la teoría ha quedado superada, pero no deja de tener aristas interesantes.
Somos parte del universo, y somos parte de un reino, un phylum, una clase, un orden, una familia, genero y especie. Categorías taxonómicas planteadas por Linneo, que si bien se ha mejorado en su definición, nos permiten ubicarnos y ubicar otros seres en ellas. Pero el universo también se resignifica en nosotros.

Entonces, volví a pensar en la Sala 1 del museo Británico, en sus ejes temáticos centrales, en que los limites son muchas veces arbitrarios y en que la ontogenia recapitula la filogenia. Y el límite entre mi historia y el museo no pareció tan lejano o arbitrario. ¿Será que en nuestro recorrido intentamos recapitular el camino de la humanidad? ¿Y si en parte construimos en nuestro andar una colección de objetos e iconos vinculados a la vida cotidiana, al trabajo; belleza; preparación para la muerte y tránsito hacia otros mundos? Recapitulando vasijas, instrumentos para la agricultura, la caza, la exploración; combates, guerras y conquistas; elementos de belleza como el brazalete del Imperio Romano; preparación para la muerte, entre ídolos y ofrendas, o sarcófagos o urnas para el tránsito hacia otros mundos que la humanidad ha acumulado y los representantes de la Ilustración han clasificado y conservado en museos.

Creo que podemos ser museo, casa de Musas; y recorrernos y encontrarnos con utensilios antiguos, herramientas para la vida, ídolos y dioses, rituales, y también ámbitos de encuentro social y hasta de preparación para el tránsito hacia otro mundo. Tal vez con clasificaciones no tan rígidas, más arbitrarias.

Refugiados

Refugiado es la palabra del año 2015 para la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia EFE y BBVA.

A diferencia de palabras como escrache o selfi, elegidas en años anteriores, refugiado no es una palabra que resalte por su novedad desde el punto de vista del lenguaje. Por el contrario en los últimos años y particularmente en el presente año, la palabra ha tenido importantes y dramáticas connotaciones. La elección según la Fundación, se basó en “ha marcado de forma decisiva la actualidad informativa del año que termina”.

«En la Fundación creemos, por tanto, que refugiado cumple las condiciones que le pedimos a la palabra del año: que haya estado en las noticias y en las conversaciones en el 2015, que tenga además un cierto interés desde el punto de vista lingüístico y que sea un término común a todo el ámbito hispanohablante, no propio solo de un país o región. Que sea un término nuevo o no, no resulta relevante para nuestra decisión», explica el director general de Fundéu BBVA, Joaquín Muller.

Mas allá de las razones periodísticas y lingüísticas, claramente ha sido un tema central desde el punto de vista humanitario que aun duele.

Ver mas; http://www.fundeu.es/recomendacion/refugiado-palabra-del-ano-2015-para-la-fundeu-bbva/

Lugares, historias

¿Será que los lugares son diferentes, se nos presentan diferentes o somos nosotros los diferentes?
Me tocó trabajar y recorrer la isla de Santa Lucia y encontrarme con un Caribe diferente. Encontré sí el Caribe de aguas turquesa, arena fina, palmeras y amaneceres y atardeceres maravillosos.

Pero también pude ver su interior, su corazón. Y recorrer caminos, selva, cerros. Selva que avanza y devora ruta, casas, y hasta a si misma. Generosa y voraz al mismo tiempo pero que también habla de vida, de crecimiento, de desarrollo, de vitalidad.
Y hasta volcanes humeantes con baños de azufre
De construcciones estilo Francés, ciudades y calles de nombre Francés, de idioma Ingles y Creole. De Reggae sonando en taxis o en la calle.
 Y también de sencillez y necesidad
Cuidando de sus mujeres …
Y a sus niños, a no temer ni sentirse solos, porque no lo están!