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Recuerdo, luego creo

Algunos recuerdos me sorprenden. Emergen de lo profundo, antojadizos, sin una razón aparente. Irrumpen, violando las barreras de mi conciencia, tal vez como parte de un proceso electroquímico sigiloso o como producto de la puja de mi deseo por asomar. No son convocados por mí, si por ello entiendo a este sujeto que siente y escribe en esta mañana lluviosa y fresca de otoño. Simplemente entran como por asalto, por fuerza propia, porque se escurren por alguna fisura que no cerré o simplemente porque así debía ser, sin que exista una razón, un por quién o un para qué.

Debo reconocerlo: lo antojadizo de estos recuerdos me inquita. Pero afortunadamente no todos se hacen presente de ese modo tan vil y humillante que deja al desnudo mi absoluta falta de control. Hay otros más francos, que hasta los calificaría como respetuosos. Me refiero a los que se hacen presente evocados por un perfume, por un rostro, por una antigua carta guardada en aquella caja arrumbada en la parte alta del placard. Desde esos estímulos se suelen desplegar riquísimas experiencias de duración y minuciosidad variable, muchas veces sorprendente. A éstos no dudo en considerarlos auténticamente propios, desde el origen. Tienen mi marca, mi estilo, mi cadencia. Reconozco los estímulos y los recuerdos que ellos traen a mí. Me reconozco en ellos y en ellos su origen identitario. Reconocer con claridad de dónde vienen me tranquiliza.

Pero si hay algo que particularmente me irrita es cuando por más que lo intento, no logro traducir un recuerdo en alguna imagen o sensación precisa. Son recuerdos que responden a estímulos más o menos explícitos. Emergen, sí. Están allí, pero su identidad se constituye a partir de la contradictoria vaguedad de ser un recuerdo velado. Son, a lo sumo, un rostro sin rostro, una voz átona, una calle imprescindiblemente anónima. Tal vez, a fuerza de intentarlo, estos recuerdos difuminados puedan, en algún momento, tomar forma. De otro modo, quedarán atrapados en una informe entidad a la que tal vez sea un exceso calificar.

Aunque tal vez el problema acerca del origen de los recuerdos no sea el más importante. Después de todo, con más o menos precisión, colorido o despliegue sensorial, ellos se hacen presente, convocados por mí o por alguna energía que no siempre termino de identificar.

Lo que hoy me inquieta más es en qué se sustenta la certeza acera de la precisión de aquello que recuerdo. ¿En lo que siento ante cada uno de los recuerdos que emergen, en eso que se llama memoria y que no termino de saber cómo funciona, a que huele o como suena cuando trabaja, en los hechos que viven detrás de los recuerdos, en las marcas que imprimieron en mí?

Acabo de levantar la vista de la pantalla de mi computador y reparo en la foto que hace tiempo dejé en uno de los estantes de la biblioteca.

Un hombre y un niño parados sobre unas lenguas de tierra que apenas se adentran en una inmensa masa de agua; una laguna tal vez. Sus rostros no se logran ver. El hombre mira hacia el horizonte; el niño mira hacia el agua, mientras sostiene una varilla con su mano. El cielo se ve totalmente despejado, al igual que la laguna. Solo unos juncos cerca de la orilla y un bote, un poco más adentro, se elevan sobre la superficie del agua. En el fondo, lo que parece ser la extensa arboleda de la orilla opuesta es apenas una delgada línea con mínimas irregularidades. Un instante en blanco y negro, con algunas precisiones, estampado en un papel fotográfico ajado. En el reverso, la inconfundible letra de mi padre deja saber que la fotografía fue tomada en algún día de marzo de 1968, en Chascomús.

No hay en mí recuerdos sobre ese instante. ¿Habrá sido un sábado, un domingo?, ¿A qué olería el aire en ese momento? ¿Sonaría a chicharras, a cotorras, a benteveos?

No guardo ningún recuerdo de ese día o de ese instante y sin embargo allí está, irrefutablemente registrado. Ni siquiera puedo reconocer los rostros de mi tío y de mí, según las referencias que me dieron acerca de lo que veo. Pero no puedo negar lo que esa imagen, el texto escrito en el reverso, las explicaciones y relatos recibidos acerca de ese momento, la historia familiar, dicen acerca de ese instante.

Un hecho más, una instantánea que sucedió y me tuvo como protagonista, de la que no guardo recuerdos en forma consciente. Son eventos sin recuerdos que forman parte de mi memoria. Como las resistencias de estudiantes universitarios a los nuevos estatutos de la dictadura de Onganía o los que contribuyeron al Mayo Francés, de ese mismo año.

Recuerdos y memoria. En el caso de la foto en mi biblioteca, un recuerdo sin rostros. Sin embargo, la memoria familiar me lleva a creer que allí estuvimos; creo que somos nosotros; creo que fue en un día del marzo del 68. Tanto como creo en muchos otros eventos que, aun sin conservar sensaciones o sin haber estado materialmente, son parte de mi memoria. Creo, definitivamente, que la memoria es también, un acto de fe.