Oblivion
Caminamos imperceptiblemente hacia el olvido. La ciencia nos dice que la memoria resulta de recuerdos transitorios, atribuidos a procesos mentales que suceden en estructuras cerebrales, Estructuras y procesos que, gracias a miles de millones de años de evolución, nos permiten registrar, almacenar y rememorar imágenes y sensaciones. Pero desconocemos de qué manera esa información es memorizada en eterno presente. Solo una parte irrisoria de la memoria ha pasado a ser consciente en los últimos 50-100 000 años de la historia de la humanidad. El resto de los recuerdos, de las imágenes que nos llegan, se oculta en los abismos de la mente, siguiendo una dinámica que desconocemos. Tal vez permanezcan allí para siempre, tal vez algo haga que emerjan de ese colosal patrimonio cognitivo inconsciente. No lo sabemos.
Así, buceamos en las profundidades del Leteo, entre “mordiscos” (o bytes si preferimos un término más preciso) de memoria almacenada en una aparente secuencia caótica de unos y ceros que nos estimulan hasta la embriaguez o dan nombre y forma a nuestros vacíos. Leí recientemente que, para el año 2020, la cantidad estimada de datos almacenados en memorias digitales en el mundo rondaba los 40 zettabytes. Se me hace imposible imaginar semejante cúmulo de información. Cuarenta zettabytes correspondería a 40 sextillones de bytes. Desde los textos más sublimes, las imágenes más bellas, los algoritmos esenciales para que el mundo funcione hasta las perversiones más oscuras estarán allí, en la superficie o en las profundidades. Thomas Bartol Jr., investigador del Instituto Salk y sus colegas estimaron que la capacidad de memoria del cerebro humano alcanzaría a 1 petabyte, que corresponde a cien mil millones de bytes.
Hace un tiempo ya que en mi imperceptible camino al olvido incorporé dos rutinas que intentan atenuarlo o demorar el proceso hacia el olvido. Una de ellas es la de escribir, muy temprano por la mañana. Escribir como forma de recordar, de plasmar la idea, la sensación, el momento, que cuadro a cuadro se hace historia. La otra es caminar, en un transitar flauberiano, captando aquello que la ciudad ofrece.
Sin importar el camino que tome, sin importar la ciudad o el país por los que transite, el olvido es cada día más tangible. Nuestras ciudades, las grandes ciudades, son territorios pletóricos de olvido. Nuestras actividades se retiraron a ámbitos privados, más aún luego de la pandemia por COVID 19. La vida se retira a mundos privados, a barrios privados, a televivir detrás de muros que nos previenen de ver aquello que es mejor no ver, pero que existe sin ser notado.
Las estadísticas que cada año las autoridades de muchas de las grandes ciudades presentan cada año, particularmente a comienzos de los inviernos, nos hablan del número creciente de personas en situación de calle. En todos los casos, cuantificados en unidades, decenas o centenas de miles, los reportes lo presentan como asociado a los efectos de la pandemia, a las condiciones económicas, a la migración, al consumo de sustancias o a situaciones de salud mental.
Pero mas allá de toda estimación estadística, las personas en situación de calle son una forma de olvido que nos interpela. Un pie descalzo que se escurre bajo un revoltijo de ropas y mantas viejas, en un umbral junto al que paso. Una anciana, que apenas levanta sus pies hinchados, detrás de un carrito desvencijado en el que se apoya mientras camina. Olvidados por quienes por allí transitamos, por la sociedad, tal vez hasta olvidados de sí. Olvidado yo de que también soy él. Formas del olvido al que nos dirigimos.
Sumergidos, somos el olvido que intentamos revertir. Y si emergemos, transitamos otros tantos y vastos territorios del olvido. Transitamos por territorios híbridos, hechos de realidades revestidas y maquilladas por el manto y la brocha de nuestra propia creación, a nuestra imagen, semejanza y conveniencia.
Avanzamos hacia el olvido, con mayor o menor celeridad, con mayor o menor habilidad para concretarlo. Avanzamos por territorios que no siempre logramos revestir suficientemente, camuflarlos o transformarlos en tierra despojada desde donde crear realidades a nuestra medida.
Un lunes de agosto de 1904 James Joyce escribió a Nora Bernacle “No puedo ingresar en el orden social si no es como vagabundo”. Puede resultar una irreverencia de mi parte, pero me atrevo a completar la frase: “y con los sentidos alertas”.
Homeless
Hoy me encontré
harapiento, desalineado, reflejado en sus ojos,
que se esforzaban por ver
tras unos párpados cansados.
Y mis manos,
como las suyas,
abiertas y vacías,
de cara al cielo,
a la espera
de misericordia.
Hermanos en orfandad,
bajo techo de cartón
deshecho de llovizna.
Hoy me reconocí
y amé ese banco de plaza,
mi lecho
de tantas noches,
bajo un cielo
apenas salpicado.
Pablo Durán. Cuerpos Velados (Alción Editora, 2014)