Por Pablo Durán
– Nunca salí de Uganda, salvo cuando me trasladaron a Sudáfrica para curarme. Si no habría muerto.
Mientras conducía, Gerald abría para mí diferentes rendijas por las que podía adentrarme a la vida en Kampala.
La sonrisa tímida y el firme apretón de su mano maciza y franca, fueron las cartas de presentación de Gerald. De mediana estatura y cuerpo robusto, sus ojos y la blancura de sus dientes, el hablar pausado con voz grave, todo en él trasmitía serenidad. No me animé a preguntar su edad pero no tendría mas de cincuenta años. Desde hacia tiempo ya que él vivía en Entebbe, a orillas del lago Victoria, uno de los lagos mas grandes del planeta y del que nace uno de los principales afluentes del Nilo. Desde Entebbe, Gerald recorre casi a diario el trayecto a
Kampala, capital del país. Hasta allí me llevó el trabajo esos días de comienzos de noviembre y no quería irme sin recorrer la ciudad. Hay sitios a los que tal vez nunca más regrese, o de los que difícilmente salgamos alguna vez. Así, Kampala se convertía en la intersección de esas dos situaciones que nos reunían con Gerald esa mañana.
Kampala despertaba con pudor. Una bruma se anteponía entre la ciudad y nosotros. El sol se insinuaba por detrás de las colinas. Desde lo mas alto del cielo, la gama de colores tornaba desde un gris progresivamente rojizo, hasta la cresta incandescente de las colinas, para volver a apagarse, desdibujando la silueta de la colina teñida de un gris esfumado. Abajo la ciudad, estática, salpicada de manchas verdes, rojizas, grises y cada tanto alguna lámpara que perseveraba a pesar de lo avanzado del amanecer. Detrás de la bruma apenas podía distinguirse ese mosaico de colores que formaban los arboles, los tejados, las construcciones, inanimados desde esa altura, que ocupaban todo el valle y el rojo de la tierra, que es el rojo de África.
Miramos desde una especie de balcón natural en la colina Narimembe, una de las siete colinas que rodean la cuidad (aunque dicen que en realidad son mas de siete). Desde allí, en silencio, contemplamos la ciudad detrás de ese velo nebuloso.
Era una mañana fresca y apacible. Detrás nuestro se elevaba la Catedral Anglicana, coronando la colina. El edificio era imponente, de un intenso color terracota, construido con ladrillos cocidos, enmarcado en el verde fuerte salpicado de flores de los jardines que la rodean.
Saludé a quien parecía ser el portero, que me devolvió el saludo con un leve movimiento de la cabeza e ingresé al templo.
La nave principal estaba vacía. Una luz brillante entraba por los grandes vitrales que la rodeaban. Solo los bancos de madera y yo éramos testigos de lo que sucedía unos escalones más arriba, en el coro que antecede al altar. Un pastor daba una plática a algo mas de una decena de mujeres y hombres jóvenes que lo oían en silencio. Palabra, voz grave que llenaba la gran nave del templo. Por dentro el templo era sobrio. El coro, dos escalones por arriba del nivel de la entrada, cubierto por una alfombra roja y bajo arcos de estilo gótico, era de una belleza particular. Bancos, un atril con una cabeza de águila tallada, reclinatorios, el órgano, todo de madera oscura que contrastaba con el color claro de las paredes.
Busqué a Gerald pero no estaba a la vista. Salí y rodeé el edificio. Allí estaba, detrás de la Catedral, conversando con el portero.
– Ya podemos seguir camino? Me preguntó
Comenzamos a bajar por una calle angosta, flanqueada por sendas sin vereda, transitadas por niñas y niños camino a la escuela con uniformes de colores variados, gente caminando, motocicletas. La complejidad de la vida de esa ciudad de algo mas de un millón de habitantes se hacia más evidente en la medida que descendíamos por las angostas calles. Transitar desde la colina hacia el valle era como sumergirnos en un océano profundo. Un mar de motocicletas que nos sobrepasaban, camiones, cargados con cachos inmensos de bananas o mercadería de la mas variada, buses pequeños repletos de pasajeros.
– Me envenenó quien era mi esposa en ese momento. Por eso debieron trasladarme a Sudáfrica. Es que me engañaba con alguien y quiso matarme.
Así Gerald abrió para mi otra página, ahora más íntima y misteriosa, contada con la misma sonrisa con la que relataba la vida cotidiana, la cultura, el fluir de la ciudad, de su pueblo y su propia historia.
Situaciones límite que en la esfera de lo individual o colectivo, irrumpen muchas veces marcando las
vidas de las personas. Situaciones que imprimen en lo profundo del ser, marcas y señas en códigos ininteligibles. Limites entre la vida y la muerte, ser un casi vivo o casi muerto, seres amados, odiados, envenenados, restaurados.
Mercados callejeros, alcoholismo, prostitución, el VIH que sigue matando y matando, ladrones y arrebatadores que aprovechaban el congestionamiento en el tránsito para escabullirse con algún botín desde una ventanilla de los vehículos, todo estaba allí entrelazado, en una mañana que apenas había iniciado.
-Esto no debe suceder en su país, me decía
– Sucede, como en todos lados.
La intensidad del movimiento me generó una sensación similar y a la vez diferente a la que tuve en la colina de Narimembe. Esa sensación de no poder ver con claridad, de no distinguir los detalles hasta que la vista se acomodara. Desde la colina, era la bruma la que escondía los detalles. Aquí, en la ciudad, era el caos. De la paz y frescura de la colina a la sensación de estar en medio de un mar revuelto.
Habíamos dejado las calles angostas que descendían desde la colina. Estábamos detenidos en el tránsito en una avenida ancha. Una joven con una biblia en su mano me hablaba enfáticamente, gesticulaba y señalaba hacia su corazón, hacia mí y al cielo. Un niño ofrecía unos plátanos pequeños (muy dulces, según Gerald). Una anciana vendía pequeños saches con agua. No me había dado cuenta de que Gerald había apagado el motor de la camioneta.
– Aquí es así. En ciertos momentos del día no se hace caso a los semáforos. Sólo a los agentes de tránsito, que hacen lo que pueden. Solo queda esperar.
Pasaban los minutos y seguíamos sin movernos. Sólo las motocicletas o las personas a pie fluían a nuestro lado. Mi respiración se desaceleró. Me fui acomodando a ese otro tiempo y dejé también yo fluir mi mirada, mi pensamiento y mi mente con las historias que Gerald relataba.
Me contó de sus tres hijos; el mayor con su primera mujer y dos niños mas pequeños, en edad escolar, con su actual mujer. Lo poco que veía a su hijo mayor; lo mucho que le demandaban sus hijos pequeños.
-Sucede, como en todos lados (y con matices también), pensé.
Gerald encendió el motor de la camioneta y volvimos a ponernos en movimiento. Nuestro recorrido siguió hacia Kasubi, otra de las colinas, hacia las tumbas de los Reyes de Buganda, el mayor de los reinos tradicionales en la Uganda actual.
Las tumbas de Kasubi son un santuario, construido en 1882, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, alberga cuatro tumbas reales. En el año 2010 un incendio destruyó el edificio, que está siendo reconstruido actualmente. Ingresamos a través de una pequeña construcción cónica, de techo de paja, construida con juncos, madera y adobe. Inicialmente había sido la casa del rey, hasta que se construyó la casa más importante, donde actualmente se encuentran las tumbas. Desde entonces, la construcción pequeña fue destinada a la guardia del rey. Avanzando, nos encontramos con otra construcción similar, que alberga los tambores reales, que con diferentes ritmos anunciaban la partida del rey, su regreso o su muerte. Un gran predio abierto, destinado a las celebraciones y actividades comunitarias mira hacia el edificio principal y al semicírculo que forman las casas de las Reinas.
Los hombres, guerreros, guardianes y responsables del cuidado del predio, también se ocupan de la fabricación de tejidos de corteza vegetal, una artesanía antigua de los baganda. Quien nos guió en esa visita (Gerald allí fue visitante por un rato) nos explicó que originalmente eran los artesanos del clan de Ngonge, dirigidos el artesano-jefe hereditario, quienes fabricaban tejido de corteza vegetal para la familia real baganda y el resto de la comunidad. Los vestidos reales y ceremoniales se elaboraban con ese tejido. Se hace con la corteza interna del árbol mutuba (Ficus natalensis). Actualmente los utilizan de lienzo sobre el cual pintan imágenes que retratan su cultura y otras artesanías textiles.
Continuamos nuestro recorrido, alternando colinas y valle, historias, palacios, templos. La colina Mengo y el Palacio Liburi, del Rey de Buganda; Kibuli y la mezquita mayor de la ciudad; la Catedral Católica Santa María en la colina Lubaga; y la Universidad Makerere, en la colina que le da nombre.
Lo público y lo privado, la cotidianidad, lo íntimo, la sensibilidad, la sociabilidad, los afectos, que Philippe Aries y Georges Duby abordan con exquisita claridad a lo largo de la historia, eran retratadas para mi por Gerald, estaban en carne viva allí, ante mis ojos, a mi alrededor. Historias e imágenes humanas, intercambios comerciales en las calles, mezcladas con historias de reinas, calles en las que no había límites claros entre humanos, motocicletas, automóviles, vida privada, comercio.
Imposible comprender en una breve estancia allí, detenido varios minutos en medio de una carretera, cuáles son las prácticas de la sociabilidad y formas de la intimidad que allí se dan. Pero sí era posible sentirlo.
Atardecía y debíamos iniciar el camino hacia Entebbe. En mi caso para tomar el vuelo de regreso y en el caso de Gerald, a su casa. Ya había atardecido. Recorrer los treinta kilómetros de ruta fue aun mas complejo que el recorrido por la ciudad. Fueron mas de dos horas de ruta, de marcha y de motor apagado. De atardecer y noche. Y de una larga carretera flanqueada a cada lado de una intensa vida, de música, de comercios, bares, de tierra roja.
La sensación en esta última etapa ya no fue ver la de percibir la ciudad esfumada bajo el velo de la bruma, ni la de sumergirme en un profundo mar. Fue la de fluir al ritmo lento de la vida que por allí circulaba, a nuestro lado. El ritmo de mi respiración era otro, mas pausado. Lo público y lo privado estaba fuera del vehículo tanto como dentro, en Gerald y en mi. En nuestras historias compartidas y en nuestros silencios. Sociabilidad anónima, de la que habla Aries, y sociabilidad fragmentada, sin límites claros entre ellas estaban allí.
Gerald me acompañó hasta el pie de la escalera que me llevaría hacia el sector partidas del Aeropuerto. Se ofreció a subir pero le agradecí; ya era tarde y su familia lo esperaba en casa.
Allí abajo estaba su vida, la vida, sin imágenes esfumadas. Me estrechó nuevamente su mano, fuerte.
– Avíseme cuando regrese. Queda mucho más por conocer.
Al día siguiente recibí un mensaje por Whatsapp preguntando si había llegado bien.
Explorando territorios, más allá (o más acá) de los contextos
Acerca de la experiencia creadora de Matías Duville
Por Pablo Durán
Cada mañana transito casi el mismo recorrido. Las mismas calles, esquinas; el mismo paisaje, el mismo territorio. El mismo y diferente a la vez. No es un recorrido extenso. En algunas oportunidades las incursiones son mas audaces. Atravieso los límites habituales.
Recorridos y territorios que reconozco. Calles, coordenadas, intersecciones relacionadas con el tiempo transcurrido, con la evaporación de ciertos elementos y la permanencia de algunas sensaciones.
Aromas a especias, lenguas entrecruzadas, el rugido interminable del tránsito, la humedad que abraza, el contraste entre la vivacidad de los colores de los tejidos de mujeres y el cielo plomizo. Los alrededores del Gran Bazar de Estambul, la puerta de Jaffa en Jerusalén, las inmediaciones de Gengenbach en la Selva Negra, San Juan la Laguna en Guatemala y todos los sentidos en el Jardín de los Sentidos de Yvoire.
Pero también hay territorios menos explorados y no explorados. Lejanos. Afortunadamente surge de tanto en tanto un impulso de audacia. Impulso, deseo, algo, que mueve hacia esos tierras vírgenes.
Y hay uno que no se parece a ningún otro. El territorio interior. El poeta Ives Bonnefoy habla de él como una promesa hacia donde creemos ir. Y en esa promesa está su lugar. Si es así, una promesa hacia donde queremos ir ¿desde donde partir? ¿Dónde se inicia el recorrido?
Hace algo mas de un año recorrí la muestra “Romance atómico”, de Matías Duville. Entre diferentes intensidades de luz, sonido que me transportaba a un ambiente uterino o subacuático, entre esculturas que recuerdan objetos que bien podrían estar suspendidos en el espacio o bien en el fondo del mar.
Transitar la muestra, la geografía allí recreada, fue como caminar en el vacío. Duville cree que su obra es como “hacer desaparecer todo el contexto y lo único que existe en ese momento es la masa amorfa que tenés allí adelante”. Habla de un diálogo entre vacío y materia, diálogo entre uno y la cosa.
Vivimos en contextos, que creamos o inventamos. Contextos que pueden ayudar a entender, a justificar, pero también a distraer de la cosa y perderse. Perderse en el
bosque y morir en la boca del lobo,
creyendo que era la tierna abuela.
Perderse en las circunstancias,
perderme de mi. Cuántas
procesiones hemos hecho sin que
fueran las propias; cuántos credos
profesados casi en simultáneo,
hasta ser casi una promiscuidad;
cuántos clubes alentados. Pero,
¿quién realmente marchó en esas procesiones; quién rezó; quién cantó desde la tribuna? ¿Yo, o son mis circunstancias las que me hacen sentir, ver, creer, caminar?
Afortunadamente existe el arte, me dije, para experimentar, crear, hacer desaparecer. “El dibujo para mi fue siempre como un experimento increíble y de total libertad. Agarrar las cosas que conocemos y tratar de verlas desde otro ángulo”. En una serie de dibujos realizados entre los años 2006 y 2011, pero también salpicado en otras obras, está la idea de objetos flotando, suspendidos, árboles con raíces, pero sin suelo, piedras sin sostén.
“Esta escena yo me la imaginaba así: un paisaje con sus árboles y cabañas, su ruta con el puentecito que llegaba a la casa y de repente, con una especie de shock mental, decía bueno, quiero hacer desaparecer la tierra, la idea de planeta…donde una idea de modificación me lleva a otra idea y donde se mezclan la química, la psicología, la física, obviamente la geografía”.
¿No es hacia “la cosa” y no hacia el contexto, hacia donde deberíamos tender? Por supuesto, el contexto existe, caminamos entre contextos; hasta “la cosa” es en un contexto. Pero por qué no animarse alguna vez a hacer desaparecer el contexto y mirar aquello suspendido, entre lo que nos movemos y transitamos.
“Hasta ese momento (2008 o 2009) no concebía otra idea que la idea mental, como ficción, fantasía, obviamente influenciada por el mundo real, pero mas enfocada en las alucinaciones del cerebro… para llevar más al extremo esas ficciones necesito creer que lo puedo lograr. Entonces es como que hice este proyecto (Alaska), que tiene tres etapas: la primera, que tiene que ver con el viaje mental…con dibujos luego y después con el viaje real, que fue como una especie de hiperrealidad.
Imaginamos un territorio, una vida, un camino, un nosotros. Obramos en ese sentido. Y hoy nos miramos en una instantánea que nos muestra una realidad que puede o no asemejarse a lo imaginado. ¿Encanto o desencanto; imaginación o realidad?
Imaginar, crear, realidad, hiperrrealidad. Una suerte de nudo borromeo, registros de un ser hablante desde el arte. De un ser andante. Atravesar la paradoja de recorrer un camino interior, mas extenso y hasta casi inabarcable en comparación con territorios exteriores. Audacia y vértigo son requisito y consecuencia para iniciar el camino. ¿Inconciencia? No lo creo.
“Bueno, a ver si esto es lo que imaginé hace un año atrás y estoy caminando por la proyección mental de hace un año atrás, a ver que me pasa”, se preguntó Duville antes de dirigirse a esa Alaska que para él no era un territorio en un mapa sino una hiperrealidad. “Y fue fantástico porque lo que yo encontré ahí no tiene ver, no solo por lo expansivo del paisaje sino por sumar al cerebro esa idea de ir mas allá”.
Vivimos hacia afuera, a la intemperie, abiertos al mundo, en territorios aparentemente amplios y extendidos, pero a la vez desnudos. Distinto sería si a esa intemperie llegamos viniendo desde un adentro, de nuestro propio fondo, y allí también podemos volver en búsqueda de refugio, de alimento. Tal vez simplemente en búsqueda.
El proyecto Hogar, algo más reciente (iniciado en 2011 y que continua en el tiempo), es una “escultura no monumental, casa vaciada de función y verticalidad, a nivel del suelo, equiparada con el paisaje donde se encuentra”, dice Rodrigo Moura de la instalación de Duville (Hogar, Santiago García Navarro, Matías Duville, Rodrigo Moura. Sigmon de Vajay Ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2015). “Un trabajo que no opera en el nivel de la figuración sino de lo simbólico”, para Moura.
Una obra en medio de la naturaleza, una casa aplanada, en diálogo con la naturaleza de la llanura pampeana y con las imágenes de su autor. Un recorrido en el proceso que para Duville es un ir del “basement mental al fondo real”.
El afuera, la naturaleza, esta allí y podemos nutrirnos de ella. Pero muchas veces ese afuera nos consume. La calle, los ámbitos, los espacios tóxicos, muchos otros. Siempre allí, siempre los mismos y otros.
¿Entonces por qué son diferentes esas mismas geografías que recorro cada día? ¿Cambian ellas, cambio yo, cambia el recuerdo que tengo de aquello que hace tiempo imaginé sería ese paisaje?
En la obra de Duville hay trazos, caravanas, formaciones sólidas, vestigios, formas mixtas. Pero hay continuidad, entre planos, en el plano. Peces que logramos ver a ambos lados de la superficie del agua, seres de la profundidad del mar que parecen al descubierto, filos atravesando los planos. No hay arriba o abajo; no hay interno y externo, no hay corroído o nuevo. “Yo quería hacer una obra totalmente primitiva (Discard Geography. Sam Art Projects. Paris. France, 2013) … desarmando la idea de tiempo, que empieza con eslabones muy grandes y cromados y que se van oxidando…finalmente no importa cual es el principio, cual es el final, que significa el óxido, que significa el cromo…porque si vos generás adecuaciones visuales para destruir la idea de tiempo, en un momento
presente y pasado comienzan a convivir”.
¿Entonces, qué territorio recorro? Y este tránsito que hago y lo que en él veo, ¿es presente, lo imaginado o lo recreado? Tal vez sea un nuevo andar, por tierras vírgenes, como dice Duville, “donde yo soy el espectador, el único espectador o el que ve esto es el único espectador”.
Actores por momentos, espectadores; observadores, observados. ¿Para quién transitar, desde dónde hacerlo, por qué camino: uno real, uno imaginado, uno pensado?
¿Es el territorio, la geografía en sí misma, o la conexión que se da con ella lo que me permite ese ir y volver, ese persistir, siempre diferente, con aromas, sonidos o texturas? Como dice Duville, “todo se trata de una vibración, de irse, de volver. Que en esta especie de lectura de la pieza o de las instalaciones o de los dibujos o de las esculturas se produzca esa especie de cautivación… Entonces cuando realmente sucede, aunque sea un instante, digo Bueno, ya está (y golpea las manos sobre la mesa), ahí me quedo. Ese lugar es el que busco y supongo que la razón por la cual hago esto”.
PD. Julio, 2019.
A la luz de esos tres ejes intentaremos analizar dos textos seleccionados: el cuento Icera, de Silvina Ocampo (Ocampo, 2018) y el texto “El libro de Monelle” de Marcel Schwob (Schwob, 2012).