Archivo del Autor: Pablo Duran

Memoria

Memoria de muertos
que nunca fueron más que fantasmas,
formas caprichosas,
flotando y deshilachándose,
como este suspiro
que el frío de la noche
le regala un instante
para desvanecerse al siguiente;
de cuerpos
que alguna vez tuvieron rostro,
nombre,
que hoy deambulan
pidieron asilo
y que quiero alojar,
no sé por que razón;
de sabores,
reales
orientales
y hasta sintéticos
que llegaron a mí originales,
vírgenes,
y logré hacer a mi semejanza;
de sonidos
mezcla de vientos
cuerdas y llanto,
que se tornan letanías
con las que vibro
y me dicen que aún es posible;
memorias
que habitan en mi cuerpo
con las que caminamos juntos
ellas y yo.

Piso la hierba

Piso la hierba fresca
la oscura tierra que la nutre
y soy en ellos
terrón
sol tibio
hoja
elemento
traspasado
observado  y observante
amalgama
de presencias
sentires
instantes
evocación permanente
de lo intangible
que se antoja
en formas caprichosas
y que es viento
palabra
pan
insecto
nada y materia
todo
hasta el suelo evanescente
todo
hasta que tu canto me envuelva
todo
deseo.

No nos trata bien la noche

No nos trata bien la noche
bajo el manto
de odio y olvido
en este lado oscuro de la luna
ni la lluvia desigual
ni los pechos
que alimentan distancias
y tu voz
que crees extinguirse
sin eco
se burla de ellos
en complicidad con la tierramientras bailas
desacartonada
azules abismales
vistes retazos
de primaveras pasadas
que cubren historias
condenadas al olvido
y te reflejas
tan única
como hoja de roble

Las colinas de Kampala

«Las colinas de Kampala»

Un recorrido de intersecciones entre lo público y lo privado

Por Pablo Durán

Nunca salí de Uganda, salvo cuando me trasladaron a Sudáfrica para curarme. Si no habría muerto.
Mientras conducía,  Gerald abría para mí diferentes rendijas por las que podía adentrarme a la vida en Kampala.
La sonrisa tímida y el firme apretón de su mano maciza y franca, fueron las cartas de presentación de Gerald. De mediana estatura y cuerpo robusto, sus ojos y la blancura de sus dientes, el hablar pausado con voz grave, todo en él trasmitía serenidad. No me animé a preguntar su edad pero no tendría mas de cincuenta años.  Desde hacia tiempo ya que él vivía en Entebbe, a orillas del lago Victoria, uno de los lagos mas grandes del planeta y del que nace uno de los principales afluentes del Nilo.  Desde Entebbe, Gerald recorre casi a diario el trayecto a

Kampala, capital del país. Hasta allí me llevó el trabajo esos días de comienzos de noviembre y no quería irme sin recorrer la ciudad. Hay sitios a los que tal vez nunca más  regrese,  o de los que difícilmente salgamos alguna vez. Así, Kampala se convertía en la intersección de esas dos situaciones que nos reunían con Gerald esa mañana.
Kampala despertaba con pudor. Una bruma se anteponía entre la ciudad y nosotros. El sol se insinuaba por detrás de las colinas. Desde lo mas alto del cielo, la gama de colores tornaba desde un gris progresivamente rojizo, hasta la cresta incandescente de las colinas, para volver a apagarse, desdibujando la silueta  de la colina teñida de un gris esfumado. Abajo la ciudad, estática, salpicada de manchas verdes, rojizas, grises y cada tanto alguna lámpara que perseveraba a pesar de lo avanzado del amanecer. Detrás de la bruma apenas podía distinguirse ese mosaico de colores que formaban los arboles, los tejados, las construcciones, inanimados desde esa altura, que ocupaban todo el valle y el rojo de la tierra, que es el rojo de África.
Miramos desde una especie de balcón natural en la colina Narimembe, una de las siete colinas que rodean la cuidad (aunque dicen que en realidad son mas de siete). Desde allí, en silencio, contemplamos la ciudad detrás de ese velo nebuloso.
Era una mañana fresca y apacible. Detrás nuestro se elevaba la Catedral Anglicana, coronando la colina. El edificio era imponente, de un intenso color terracota, construido con ladrillos cocidos, enmarcado en el verde fuerte salpicado de flores de los jardines que la rodean.
Saludé a quien parecía ser el portero, que me devolvió el saludo con un leve movimiento de la cabeza e ingresé al templo.
La nave principal estaba vacía. Una luz brillante entraba por los grandes vitrales que la rodeaban. Solo los bancos de madera y yo éramos testigos de lo que sucedía unos escalones más arriba, en el coro que antecede al altar. Un pastor daba una plática a algo mas de una decena de mujeres y hombres jóvenes que lo oían en silencio. Palabra, voz grave que llenaba la gran nave del templo. Por dentro el templo era sobrio. El coro, dos escalones por arriba del nivel de la entrada, cubierto por una alfombra roja y bajo arcos de estilo gótico, era de una belleza particular. Bancos, un atril con una cabeza de águila tallada, reclinatorios, el órgano, todo de madera oscura que contrastaba con el color claro de las paredes.
Busqué a Gerald pero no estaba a la vista. Salí y rodeé el edificio. Allí estaba, detrás de la Catedral, conversando con el portero.

Ya podemos seguir camino? Me preguntó

Comenzamos a bajar por una calle angosta, flanqueada por sendas sin vereda, transitadas por niñas y niños camino a la escuela con uniformes de colores variados, gente caminando, motocicletas. La complejidad de la vida de esa ciudad de algo mas de un millón de habitantes se hacia más evidente en la medida que descendíamos por las angostas calles. Transitar desde la colina hacia el valle era como sumergirnos en un océano profundo. Un mar de motocicletas que nos sobrepasaban, camiones, cargados con cachos inmensos de bananas o mercadería de la mas variada, buses pequeños repletos de pasajeros.

Me envenenó quien era mi esposa en ese momento. Por eso debieron trasladarme a Sudáfrica. Es que me engañaba con alguien y quiso matarme.

Así Gerald abrió para mi otra página, ahora más íntima y misteriosa, contada con la misma sonrisa con la que relataba la vida cotidiana, la cultura, el fluir de la ciudad, de su pueblo y su propia historia.
Situaciones límite que en la esfera de lo individual o colectivo, irrumpen muchas veces marcando las

vidas de las personas. Situaciones que imprimen en lo profundo del ser, marcas y señas en códigos ininteligibles. Limites entre la vida y la muerte, ser un casi vivo o casi muerto, seres amados, odiados, envenenados, restaurados.

Mercados callejeros, alcoholismo, prostitución, el VIH que sigue matando y matando, ladrones y arrebatadores que aprovechaban el congestionamiento en el tránsito para escabullirse con algún botín desde una ventanilla de los vehículos, todo estaba allí entrelazado, en una mañana que apenas había iniciado.
-Esto no debe suceder en su país, me decía
– Sucede, como en todos lados.
La intensidad del movimiento me generó una sensación similar y a la vez diferente a la que tuve en la colina de Narimembe. Esa sensación de no poder ver con claridad, de no distinguir los detalles hasta que la vista se acomodara. Desde la colina, era la bruma la que escondía los detalles. Aquí, en la ciudad, era el caos. De la paz y frescura de la colina a la sensación de estar en medio de un mar revuelto.
Habíamos dejado las calles angostas que descendían desde la colina. Estábamos detenidos en el tránsito en una avenida ancha. Una joven con una biblia en su mano me hablaba enfáticamente, gesticulaba y señalaba hacia su corazón, hacia mí y al cielo. Un niño ofrecía unos plátanos pequeños (muy dulces, según Gerald). Una anciana vendía pequeños saches con agua. No me había dado cuenta de que Gerald había apagado el motor de la camioneta.
Aquí es así. En ciertos momentos del día no se hace caso a los semáforos. Sólo a los agentes de tránsito, que hacen lo que pueden. Solo queda esperar.

Pasaban los minutos y seguíamos sin movernos. Sólo las motocicletas o las personas a pie fluían a nuestro lado. Mi respiración se desaceleró. Me fui acomodando a ese otro tiempo y dejé también yo fluir mi mirada, mi pensamiento y mi mente con las historias que Gerald relataba.
Me contó de sus tres hijos; el mayor con su primera mujer y dos niños mas pequeños, en edad escolar, con su actual mujer. Lo poco que veía a su hijo mayor; lo mucho que le demandaban sus hijos pequeños.
-Sucede,  como en todos lados (y con matices también), pensé.

 Gerald encendió el motor de la camioneta y volvimos a ponernos en movimiento. Nuestro recorrido siguió hacia Kasubi, otra de las colinas, hacia las tumbas de los Reyes de Buganda, el mayor de los reinos tradicionales en la Uganda actual. 
Las tumbas de Kasubi son un santuario, construido en 1882, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, alberga cuatro tumbas reales. En el año 2010 un incendio destruyó el edificio, que está siendo reconstruido actualmente.  Ingresamos a través de una pequeña construcción cónica, de techo de paja, construida con juncos, madera y adobe. Inicialmente había sido la casa del rey, hasta que se construyó la casa más importante, donde actualmente se encuentran las tumbas. Desde entonces, la construcción pequeña fue destinada a la guardia del rey. Avanzando, nos encontramos con otra construcción similar, que alberga los tambores reales, que con diferentes ritmos anunciaban la partida del rey, su regreso o su muerte. Un gran predio abierto, destinado a las celebraciones y actividades comunitarias mira hacia el edificio principal y al semicírculo que forman las casas de las Reinas.

Los hombres, guerreros, guardianes y responsables del cuidado del predio, también se ocupan de la fabricación de tejidos de corteza vegetal, una artesanía antigua de los baganda. Quien nos guió en esa visita (Gerald allí fue visitante por un rato) nos explicó que originalmente eran los artesanos del clan de Ngonge, dirigidos el artesano-jefe hereditario, quienes fabricaban tejido de corteza vegetal para la familia real baganda y el resto de la comunidad. Los vestidos reales y ceremoniales se elaboraban con ese tejido. Se hace con la corteza interna del árbol mutuba (Ficus natalensis). Actualmente los utilizan de lienzo sobre el cual pintan imágenes que retratan su cultura y otras artesanías textiles.
Continuamos nuestro recorrido, alternando colinas y valle, historias, palacios, templos. La colina Mengo y el Palacio Liburi, del Rey de Buganda; Kibuli y la mezquita mayor de la ciudad;  la Catedral Católica Santa María en la colina Lubaga; y la Universidad Makerere, en la colina que le da nombre.

Lo público y lo privado, la cotidianidad, lo íntimo, la sensibilidad, la sociabilidad, los afectos, que Philippe Aries y Georges Duby abordan con exquisita claridad a lo largo de la historia, eran retratadas para mi por Gerald, estaban en carne viva allí, ante mis ojos, a mi alrededor. Historias e imágenes humanas, intercambios comerciales en las calles, mezcladas con historias de reinas, calles en las que no había límites claros entre humanos, motocicletas, automóviles, vida privada, comercio.
Imposible comprender en una breve estancia allí, detenido varios minutos en medio de una carretera, cuáles son las prácticas de la sociabilidad y formas de la intimidad que allí se dan. Pero sí era posible sentirlo.
Atardecía y debíamos iniciar el camino hacia Entebbe. En mi caso para tomar el vuelo de regreso y en el caso de Gerald, a su casa. Ya había atardecido. Recorrer los treinta kilómetros de ruta fue aun mas complejo que el recorrido por la ciudad. Fueron mas de dos horas de ruta, de marcha y de motor apagado. De atardecer y noche. Y de una larga carretera flanqueada a cada lado de una intensa vida, de música, de comercios, bares, de tierra roja.

La sensación en esta última etapa ya no fue ver la de percibir la ciudad esfumada bajo el velo de la bruma, ni la de sumergirme en un profundo mar. Fue la de fluir al ritmo lento de la vida que por allí circulaba, a nuestro lado. El ritmo de mi respiración era otro, mas pausado. Lo público y lo privado estaba fuera del vehículo tanto como dentro, en Gerald y en mi. En nuestras historias compartidas y en nuestros silencios.  Sociabilidad anónima, de la que habla Aries, y sociabilidad fragmentada, sin límites claros entre ellas estaban allí.
Gerald me acompañó hasta el pie de la escalera que me llevaría hacia el sector partidas del Aeropuerto. Se ofreció a subir pero le agradecí; ya era tarde y su familia lo esperaba en casa.
Allí abajo estaba su vida, la vida, sin imágenes esfumadas. Me estrechó nuevamente su mano, fuerte.
Avíseme cuando regrese. Queda mucho más por conocer.
Al día siguiente recibí un mensaje por Whatsapp preguntando si había llegado bien.

Vuelvo

Vuelvo 
siempre lo hago
sin saber por qué
por quién
por nosotros
por cuánto tiempo
todo vuelve
me decías
no sé si soy todo
no sé si vuelvo
nada sé
o tal vez no vuelvo
y sigo aún aquí
esperándote
sin haber partido.
Pablo Duran

Piedra sobre piedra



Piedra sobre piedra
caída tras caída
cosmos inventado
fortaleza
escondite
prisión
donde ocultarte
y a tu humana fragilidad
tu nada
finges no ser polvo
arropas tu desnuda ignorancia
compartes dioses
en subasta
hasta el absurdo
desagarro
redención,
hasta el vacío

que abisma

PD

Caminamos

Caminamos
tomados de la mano
de la vida
del vértigo,
penitentes
bajo fuego
bajo lluvia,
que devuelve
el color original
al adentro gris
al sedimento
muerto de nuestro mar,
barro de tu barro
costilla de tu costilla
esencia
irrepetible,
inconsciente
por momentos,
real.

Explorando territorios

Explorando territorios, más allá (o más acá) de los contextos
Acerca de la experiencia creadora de Matías Duville
Por Pablo Durán

Cada mañana transito casi el mismo recorrido. Las mismas calles, esquinas; el mismo paisaje, el mismo territorio. El mismo y diferente a la vez. No es un recorrido extenso. En algunas oportunidades las incursiones son mas audaces. Atravieso los límites habituales.
Recorridos y territorios que reconozco. Calles, coordenadas, intersecciones relacionadas con el tiempo transcurrido, con la evaporación de ciertos elementos y la permanencia de algunas sensaciones.
Aromas a especias, lenguas entrecruzadas, el rugido interminable del tránsito, la humedad que abraza, el contraste entre la vivacidad de los colores de los tejidos de mujeres y el cielo plomizo. Los alrededores del Gran Bazar de Estambul, la puerta de Jaffa en Jerusalén, las inmediaciones de Gengenbach en la Selva Negra, San Juan la Laguna en Guatemala y todos los sentidos en el Jardín de los Sentidos de Yvoire.
Pero también hay territorios menos explorados y no explorados. Lejanos. Afortunadamente surge de tanto en tanto un impulso de audacia. Impulso, deseo, algo, que mueve hacia esos tierras vírgenes.
Y hay uno que no se parece a ningún otro. El territorio interior. El poeta Ives Bonnefoy habla de él como una promesa hacia donde creemos ir. Y en esa promesa está su lugar. Si es así, una promesa hacia donde queremos ir ¿desde donde partir? ¿Dónde se inicia el recorrido?
Hace algo mas de un año recorrí la muestra “Romance atómico”, de Matías Duville. Entre diferentes intensidades de luz, sonido que me transportaba a un ambiente uterino o subacuático, entre esculturas que recuerdan objetos que bien podrían estar suspendidos en el espacio o bien en el fondo del mar.
Transitar la muestra, la geografía allí recreada, fue como caminar en el vacío. Duville cree que su obra es como “hacer desaparecer todo el contexto y lo único que existe en ese momento es la masa amorfa que tenés allí adelante”. Habla de un diálogo entre vacío y materia, diálogo entre uno y la cosa.
Vivimos en contextos, que creamos o inventamos. Contextos que pueden ayudar a entender, a justificar, pero también a distraer de la cosa y perderse. Perderse en el
bosque y morir en la boca del lobo,
creyendo que era la tierna abuela.
Perderse en las circunstancias,
perderme de mi. Cuántas
procesiones hemos hecho sin que
fueran las propias; cuántos credos
profesados casi en simultáneo,
hasta ser casi una promiscuidad;
cuántos clubes alentados. Pero,
¿quién realmente marchó en esas procesiones; quién rezó; quién cantó desde la tribuna? ¿Yo, o son mis circunstancias las que me hacen sentir, ver, creer, caminar?
Afortunadamente existe el arte, me dije, para experimentar, crear, hacer desaparecer. “El dibujo para mi fue siempre como un experimento increíble y de total libertad. Agarrar las cosas que conocemos y tratar de verlas desde otro ángulo”. En una serie de dibujos realizados entre los años 2006 y 2011, pero también salpicado en otras obras, está la idea de objetos flotando, suspendidos, árboles con raíces, pero sin suelo, piedras sin sostén.
“Esta escena yo me la imaginaba así: un paisaje con sus árboles y cabañas, su ruta con el puentecito que llegaba a la casa y de repente, con una especie de shock mental, decía bueno, quiero hacer desaparecer la tierra, la idea de planeta…donde una idea de modificación me lleva a otra idea y donde se mezclan la química, la psicología, la física, obviamente la geografía”.
¿No es hacia “la cosa” y no hacia el contexto, hacia donde deberíamos tender? Por supuesto, el contexto existe, caminamos entre contextos; hasta “la cosa” es en un contexto. Pero por qué no animarse alguna vez a hacer desaparecer el contexto y mirar aquello suspendido, entre lo que nos movemos y transitamos.
“Hasta ese momento (2008 o 2009) no concebía otra idea que la idea mental, como ficción, fantasía, obviamente influenciada por el mundo real, pero mas enfocada en las alucinaciones del cerebro… para llevar más al extremo esas ficciones necesito creer que lo puedo lograr. Entonces es como que hice este proyecto (Alaska), que tiene tres etapas: la primera, que tiene que ver con el viaje mental…con dibujos luego y después con el viaje real, que fue como una especie de hiperrealidad.

Imaginamos un territorio, una vida, un camino, un nosotros. Obramos en ese sentido. Y hoy nos miramos en una instantánea que nos muestra una realidad que puede o no asemejarse a lo imaginado. ¿Encanto o desencanto; imaginación o realidad?
Imaginar, crear, realidad, hiperrrealidad. Una suerte de nudo borromeo, registros de un ser hablante desde el arte. De un ser andante. Atravesar la paradoja de recorrer un camino interior, mas extenso y hasta casi inabarcable en comparación con territorios exteriores. Audacia y vértigo son requisito y consecuencia para iniciar el camino. ¿Inconciencia? No lo creo.
“Bueno, a ver si esto es lo que imaginé hace un año atrás y estoy caminando por la proyección mental de hace un año atrás, a ver que me pasa”, se preguntó Duville antes de dirigirse a esa Alaska que para él no era un territorio en un mapa sino una hiperrealidad. “Y fue fantástico porque lo que yo encontré ahí no tiene ver, no solo por lo expansivo del paisaje sino por sumar al cerebro esa idea de ir mas allá”.
Vivimos hacia afuera, a la intemperie, abiertos al mundo, en territorios aparentemente amplios y extendidos, pero a la vez desnudos. Distinto sería si a esa intemperie llegamos viniendo desde un adentro, de nuestro propio fondo, y allí también podemos volver en búsqueda de refugio, de alimento. Tal vez simplemente en búsqueda.
El proyecto Hogar, algo más reciente (iniciado en 2011 y que continua en el tiempo), es una “escultura no monumental, casa vaciada de función y verticalidad, a nivel del suelo, equiparada con el paisaje donde se encuentra”, dice Rodrigo Moura de la instalación de Duville (Hogar, Santiago García Navarro, Matías Duville, Rodrigo Moura. Sigmon de Vajay Ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2015). “Un trabajo que no opera en el nivel de la figuración sino de lo simbólico”, para Moura.
Una obra en medio de la naturaleza, una casa aplanada, en diálogo con la naturaleza de la llanura pampeana y con las imágenes de su autor. Un recorrido en el proceso que para Duville es un ir del “basement mental al fondo real”.
El afuera, la naturaleza, esta allí y podemos nutrirnos de ella. Pero muchas veces ese afuera nos consume. La calle, los ámbitos, los espacios tóxicos, muchos otros. Siempre allí, siempre los mismos y otros.
¿Entonces por qué son diferentes esas mismas geografías que recorro cada día? ¿Cambian ellas, cambio yo, cambia el recuerdo que tengo de aquello que hace tiempo imaginé sería ese paisaje?

En la obra de Duville hay trazos, caravanas, formaciones sólidas, vestigios, formas mixtas. Pero hay continuidad, entre planos, en el plano. Peces que logramos ver a ambos lados de la superficie del agua, seres de la profundidad del mar que parecen al descubierto, filos atravesando los planos. No hay arriba o abajo; no hay interno y externo, no hay corroído o nuevo. “Yo quería hacer una obra totalmente primitiva (Discard Geography. Sam Art Projects. Paris. France, 2013) … desarmando la idea de tiempo, que empieza con eslabones muy grandes y cromados y que se van oxidando…finalmente no importa cual es el principio, cual es el final, que significa el óxido, que significa el cromo…porque si vos generás adecuaciones visuales para destruir la idea de tiempo, en un momento
presente y pasado comienzan a convivir”.
¿Entonces, qué territorio recorro? Y este tránsito que hago y lo que en él veo, ¿es presente, lo imaginado o lo recreado? Tal vez sea un nuevo andar, por tierras vírgenes, como dice Duville, “donde yo soy el espectador, el único espectador o el que ve esto es el único espectador”.
Actores por momentos, espectadores; observadores, observados. ¿Para quién transitar, desde dónde hacerlo, por qué camino: uno real, uno imaginado, uno pensado?
¿Es el territorio, la geografía en sí misma, o la conexión que se da con ella lo que me permite ese ir y volver, ese persistir, siempre diferente, con aromas, sonidos o texturas? Como dice Duville, “todo se trata de una vibración, de irse, de volver. Que en esta especie de lectura de la pieza o de las instalaciones o de los dibujos o de las esculturas se produzca esa especie de cautivación… Entonces cuando realmente sucede, aunque sea un instante, digo Bueno, ya está (y golpea las manos sobre la mesa), ahí me quedo. Ese lugar es el que busco y supongo que la razón por la cual hago esto”.
PD. Julio, 2019.

Infancia, historia y experiencia

Hay una cotidianeidad que empobrece, pero hay también palabra
Lecturas sobre niñez, historia y experiencia
Pablo Duran
Una mañana, al preguntar a los niños del Centro Barrial qué historia querían que leyéramos, Ramiro respondió inmediatamente:
       “la del Mono Coco”.

       ¿Y por qué esa historia, que la contamos hace unos días?
       “Porque esa ya la conozco”, respondió sin dudar.
Privados de experiencia quedamos a la intemperie, desamparados. Para Giorgio Agamben,“formular una teoría de la experiencia implica hacer una teoría sobre la infancia, la que a su vez no puede pensarse anterior o independiente del lenguaje”.
Walter Bemjamin y luego Agamben se han enfocado en el problema de la experiencia en el mundo moderno. Es particularmente la pobreza de experiencia, consideran ambos autores, lo que caracteriza a este mundo moderno. Según Benjamin, “la pobreza de nuestra experiencia no es solo en experiencias privadas, sino en las de la humanidad en general”.
La experiencia entendida como elaboración y no como mera recepción y acopio de datos, como capacidad de articular los acontecimientos que registramos; el sujeto que realiza la experiencia considerado no como un sujeto individual sino sujeto colectivo; y la experiencia entendida no como algo anterior al lenguaje ni prescindiendo de el, sino hallando en el lenguaje el medio que la hace posible, son los tres elementos centrales de la concepción benjaminiana de la experiencia que claramente resalta Staroselsky.
A la luz de esos tres ejes intentaremos analizar dos textos seleccionados: el cuento Icera, de Silvina Ocampo (Ocampo, 2018) y el texto “El libro de Monelle” de Marcel Schwob (Schwob, 2012).
Icera es una niña que, junto a su madre, mira y desea ávidamente los pequeños muebles de muñeca que se exhiben en la vidriera del Bazar Colón. En su pobreza, solo le es dado recibir los pequeños regalos que por simpatía y piedad el jefe de la sección muñecas, Darío Cuerda, le regala, como “un vestido, un sombrerito, guantes y zapatitos de muñecas, averiados, que se vendían como saldos”. Icera, a fuerza de voluntad, detuvo su crecimiento y el paso del tiempo, vestida en las diminutas prendas de muñeca y posteriormente alojándose en la caja de muñecas de la vidriera, a pesar de sus ya cuarenta años.
Marcel Schwob (Chaville, Hauts-de-Seine, 1867; París, 1905) relata en “El libro de Monelle” la historia de una muchacha misteriosa y encantadora. Presenta las Palabras de Monelle; Las hermanas y por último a Monelle misma, su aparición, su vida, su huida, su paciencia, su reino y su resurrección.
Icera y Monelle transitan caminos diferentes, a la vez que dejan indicios, metáforas, en torno a la niñez, que nos interpelan.
Ambas viven en contextos de pobreza y donde también el deseo de no crecer estaba presente. Icera codiciaba, nos dice, el juego de muñecas, deseando dormir en la exigua cama de madera y moverse entre los diminutos muebles de muñecas.  
Monelle también habita en espacios de pobreza. Schwob dice que Monelle:
“No sabe cómo llego allí. Fue un día lluvioso, en una época en que los hombres encontraron por la calle a niños vagabundos que se negaban a crecer. Niñas de siete años imploraban arrodilladas que su edad permaneciera inmóvil”.
En Icera no hay elaboración y procesamiento de lo vivido. Se presenta tenaz, persiguiendo como idea directriz el ocupar el lugar de las muñecas. Ella sola, junto a una madre pasiva, que simplemente la acompaña, repite la frase “no debo crecer, no debo crecer”.
En forma diferente, Monelle, que se presenta inicialmente como la que esta sola, se expande, fluye, cambia en su transcurrir. Hay registro de aquello que Benjamin refería como el procesamiento inherente a la construcción de experiencia. Schwob presenta a Monelle como alguien que no crea, pero sí desmenuza; llama a la destrucción y a la renovación y niega el acostumbramiento, a que “cada vida y cada muerte parezcan nuevas y extrañas”. Mientras Icera solo busca entrar en esa casa de muñecas y allí preservarse, Monelle explora, busca y no teme exponerse: “volveré al corazón de la noche, pues es necesario que me pierdas para volverme a encontrar…”
Mientras Icera se encierra, Monelle atraviesa la noche y regresa. Monelle es quien busca niños en las calles, con sus lámparas, juega con ellos y les lleva el socorro de una llama sonriente en medio de la noche.
Igualmente, ambas se presentan diferentes frente a otro. Icera se presenta en soledad y aislamiento. Schwob presenta a Monelle como la que no tiene nombre y la que tiene todos los nombres.  Monelle somos todos, dice Schwob, y es también sus hermanas, que son ella misma. Todas ellas “Atormentadas de egoísmo y voluptuosidad, de crueldad y de orgullo, de paciencia y de piedad, sin haberse encontrado aun a sí mismas”.
Icera y Monelle expresan dos actitudes contrapuestas: cerrazón y esperanza, soledad y apertura, sujeto individual o colectivo frente a la posibilidad de experiencia.
Monelle cree y espera; transcurre y construye experiencia como proceso colectivo. “Y es en esos días lúgubres en los que Monelle descubrió las lucecitas humeantes … que los niños resguardan en sus manos… En esta estación lluviosa y oscura, en este tiempo ignorado, las únicas lámparas que arden son esas lámparas infantiles. Y esas lámparas los mantiene vivos”, transformando, iluminando sus vidas.
En Monelle hay pasos y muerte, pascua y resurrección, porque Monelle muere y resucita. Y en su resurrección nos dice que “Todo cambia sin cesar, pero nos hemos acostumbrado al cambio y ya no lo percibimos. Nuestro error fue detenernos de esa manera en la vida y, quedándonos quietos, mirar pasar las cosas, o intentar detener la vida y construir una mirada eterna entre las ruinas flotantes”.
Y es Monelle misma quien relata que cada noche encienden un fuego en un lugar distinto y alrededor del fuego inventan historias de pigmeos y muñecas vivientes. Palabra, como medio que hace posible la experiencia.
Mientras Monelle se pierde y se encuentra, mientras resucita e inventa historias nuevas cada noche a la luz de pequeñas lámparas, Icera permanece en sus pequeños vestidos y muebles de muñeca sin crecer “por estar destinada a dormir noches futuras en aquella caja, que impidiera su crecimiento en el pasado”. No crece y no hay otro futuro que el que le espera en esa caja de muñeca. Sin procesamiento, sin sujeto colectivo, sin palabra mediadora, sin posibilidad de historia.
Icera se presenta bajo las apariencias del encierro y la soledad, en una repetición y sostenimiento de lo conocido, empequeñecida. Icera encontró esa forma de estar ante lo desconocido, la de sostenerse en el pequeño ámbito conocido y resguardado de la caja de muñecas.
Por el contrario, aquello que entendemos por experiencia, es lo que se nos presenta de forma inmediata apaciguando la sensación de angustia o de inquietud ante lo desconocido. Es aquello que nos previene de ser sorprendidos por una ignorancia que nos implica. Ignorancia que nos interpela y para lo cual no tenemos palabras que puedan nombrarlo, que se erige como amenaza y ante lo cual no tenemos palabra que ofrecer.
Esa historia la conozco; puedo contarla, dice Ramiro
Walter Benjamin denuncia la pérdida de la experiencia en la sociedad de postguerra, el silencio, la “pobreza de experiencia” consecuencia de la catástrofe de la guerra.  Giorgio Agamben cree que ya no necesitamos catástrofes de ese tipo; es la cotidianeidad presente en las ciudades modernas la que resta experiencia. Es la incapacidad de traducirse en experiencia lo que vuelve hoy insoportable la existencia cotidiana, plantea.
Es entonces lo cotidiano, lo próximo, la fuente de donde abrevar y de donde se hace experiencia. Acontecimientos comunes e insignificantes pueden ser punto de partida,  suma, eslabón, para constituirse en experiencia.
Pero también puede ese mismo cotidiano ser incapaz de traducirse en experiencia, si es la atrocidad de la guerra como lo expresaba Benjamin, o la violencia, el olvido, la pobreza, la injusticia o el mismo hecho de resguardarse en una caja de muñecas para no crecer.
Tanto la ausencia, la pobreza, como la sobreabundancia extrema, nos dejan sin palabra, privan de experiencia.
Hechos que pueden presentarse como lluvia necesaria para crecer y se constituyen en experiencia, o sequía y diluvio que terminan devastando.
Creemos con Agamben que “La experiencia tiene su correlato necesario no en el conocimiento, sino en la autoridad…autoridad que en el tiempo presente tiene su fundamento en lo inexperimentable y nadie estaría dispuesto a aceptar como válida una autoridad cuyo único título de legitimación fuese una experiencia.”
Palabra que lo pone en posición de autoridad; “puedo contarla”. La contracara de “condensarse en autoridad, en relato, en palabra” de la experiencia es la de condensarse en sumisión o sometimiento, sin historia ni palabra sobre la cual constituirse sujeto, ante una realidad que angustia, carente de oportunidades para la experiencia.
Ante la crudeza de la realidad y la perdida de fantasía, sin palabra que medie, solo es posible repetir lo conocido. Y si eso es pobreza, violencia, eso se sostendrá y replicará. El perpetuo retorno de lo mismo, opuesto al progreso que implica el camino vital, se ubica del lado de la pulsión de muerte, plantea Freud.
Ramiro podría decirnos: El cuento del mono coco lo conozco y puedo contarlo yo.
No genera miedo, angustia ni ansiedad, porque “ese cuento lo conozco y lo hago mío” nos diría.
La experiencia es entonces refugio, bálsamo, camino que permite condensarse en autoridad, en palabra, en relato. Por el contrario, la orfandad, el silencio, la falta de palabra son causa y consecuencia de la pobreza de experiencia.
Y es cuando hay lugar para la experiencia cuando se acoge a uno mismo y al otro, mutuamente, y allí la experiencia se constituye palabra, relato, dialogo.
Y esto es aún más relevante en el niño, en el infante que es “el que no puede hablar”. Tendrá voz, pero no palabra y mucho menos relato. Palabra y relato que se conformaran con esos otros que lo acogen. Hospedar, al infante sin palabra, al niño, como el pobre, el indígena, el migrante, el desplazado, es también la posibilidad, el ámbito para construir relato e historia.
Y cuando la falta de espacios/oportunidades para hacer experiencia, cuando la violencia que paraliza y silencia se instala ante el que no tiene voz, eso mismo es violencia y orfandad.
La repetición, el sostener el relato conocido, el quedarse en la experiencia conocida, reafirma, pero al mismo tiempo limita. No permite crecer, como fue con Icera.
Hacer experiencia como elaboración colectiva, alejada del subjetivismo y de la comprensión del ser humano como espejo del mundo, permitiendo la posibilidad de transformarlo, ampliando su concepción más allá del ámbito del conocimiento, como experiencia religiosa y experiencia estética que adquiere una potencialidad política, transformadora, como motor de cambio.
Privados de experiencia quedamos a la intemperie, desamparados. Hospedar, particularmente a quien aún carece de la palabra, es brindar el espacio para la experiencia, es cobijar y abrigar.
PD

Resucitas

Resucitas  
de la condena
incumplida
de la pena 

del lastre 
de vidas 
que no llegaste a morir 
de muertes 
que rieron en tu cara
inútiles
olvidadas 
de la lluvia de abril
de la resaca
de la reseca 
hoja caída
del enojo regurgitado
en soledad
de miradas vacías
de manos en los bolsillos
mezquinas de abrazo
de lo vivido
impúdicamente.
Resucitas
fugaz 
y sos todos
hombres
dioses
los que hospedaste
quienes te cobijaron
y ese niño 
que hoy te absuelve.